Mostrando entradas con la etiqueta vocación. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta vocación. Mostrar todas las entradas

sábado, 14 de marzo de 2015

CARTA AL VIENTO: YO NO QUIERO SER CURA

CARTA AL VIENTO

YO NO QUIERO SER CURA

Me ocurrió hace ya algún tiempo. A la madre de Tomás le hacía ilusión que su hijo fuera sacerdote. Y la mujer andaba todo el día intentando animar al muchacho para que fuera al Seminario. Todos los días encontraba una razón más para intentar convencer al chiquillo de que su lugar en la vida estaba en ser párroco de algún pueblo. Y Tomás, uno de esos muchachos que van habitualmente a misa y muy a gusto,  también buscaba argumentos para decir a su madre que no. Que él quería ser un buen cristiano y un buen monaguillo y un buen catequista;  pero cura, ni soñarlo.  La madre, agotadas ya todas sus maniobras, optó por llevarlo a la parroquia asegurando que yo lo convencería. Recuerdo la escena. Sacristía de un pueblo de la Isla. Madre sonriente, cosa inhabitual en ella. Hijo muy serio, cosa igualmente inhabitual en él. Nos sentamos junto a la mesa y empezó la mujer:
-Que venimos porque mi hijo quiere entrar al Seminario, a ver qué podemos hacer.
El chico no abrió la boca. Disimulaba observando los cuadros colgados en la pared.  Y la madre seguía,  esta vez intentando convencerme a mí, para que hablara  a Tomas del Seminario y así él tomara la decisión de entrar.
-El Seminario, le dije a Tomás,  es un lugar a donde van los chicos que quieren tener una formación cristiana porque piensan que tal vez, en el futuro, pueden ser sacerdotes. Allí hay unos buenos formadores y se vive en un ambiente agradable y juvenil. No es como el Seminario de mi época que resultaba muy duro, tenías muy poca libertad y veías poco a tu familia. Ahora no. Ahora  se hace una vida normal de familia y amigos y, además de los estudios, los chicos van recibiendo una formación cristiana adecuada a su edad. La convivencia es buena y si uno ve que aquel no es su sitio, no pasa nada. Lo dices y te vuelves a tu casa.
Tomás me miró  como diciéndome ¿pero tú no te das cuenta que todo esto es sólo cosa de mi madre?, y me dijo:
-A mí todo eso me parece bien. Pero es que yo no quiero ser cura. Yo quiero ser un buen cristiano. Pero cura no.
Entonces me volví a su madre  y le comenté que la vocación de cura, como cualquier otra, es algo muy personal. Nadie debe forzar a nadie a tomar una dirección en la vida. Cada uno tiene que descubrir su propia vocación. Y todas son importantes y hermosas. Cuando yo voy al médico sé si aquel hombre o mujer tiene vocación. Se nota enseguida. Hay médicos y curas y maestros y enfermeras y otros que están ejerciendo una actividad para la que no tienen vocación. Y las consecuencias las pagan las personas que son atendidas por ellos. Ojalá alguien les hubiera hecho descubrir que no tenían vocación. Si Tomás no quiere ser cura, señora, déjelo tranquilo. Ayúdele a descubrir cuál es su papel en el mundo, pero que sea él quien decida. Tal vez más adelante quiera planteárselo. Pero no lo atosigue.
Su intención, amiga, es buena. Pero oriéntela de otro modo. Ayude a los chicos que están en el Seminario. Conozca el centro situado en Lomo Blanco y Tafira. Visítelo, delo a conocer. Pida a Dios que siga habiendo chicos que, libremente, descubran la llamada de Dios al sacerdocio.   Transmita en su entorno la necesidad de que, sea la profesión que sea, se elija no solo pensando en sí mismo sino en un servicio a los demás.  La vocación es cosa de Dios y la persona llamada. Nosotros sólo podemos orientar y animar. Nunca atosigar.
En estos días un seminarista llamado Rayco está visitando algunas parroquias. Su testimonio puede servir para que Tomás y todos los chicos que lo escuchen consideren que ser sacerdote es una posibilidad que no hay que descartar. Pero no la única. Lo importante es descubrir el camino a seguir.  Y si Tomás o quien sea dice que no quiere ser cura, que nadie lo atosigue, por favor.

P. D. El próximo fin de semana se celebra el Día del Seminario. Mi apoyo y ánimo a Salvador Santana, Juan Carlos Arencibia y Manuel J. Arencibia,  formadores del centro que llevan a cabo una importante labor de acompañamiento para ayudar a descubrir la vocación de los jóvenes seminaristas. Con libertad.  

martes, 30 de diciembre de 2014

POR QUÉ ME HICE CURA

POR QUÉ ME HICE CURA
Con bastante frecuencia algunas personas me preguntan que por qué me hice cura.  Y yo casi siempre respondo tímidamente y hasta con miedo de defraudar a quien me lo pregunta. Porque tal vez  piensa alguno que la vocación es siempre una llamada de Dios con ángeles o sueños  o hechos extraordinarios.  Lo mío es lo más sencillo del mundo. Es más. Yo creo que nunca he contado la misma historia porque siendo tan simple, a veces acentúo un hecho familiar, o una corazonada o un capricho de niño o una decisión personal envuelta en dudas o una decisión tomada después de un encuentro de oración. Todo es posible porque la llamada de Dios, normalmente,  se produce por medios humanos y naturales. Sin ningún hecho extraordinario.
La llamada de Dios no ocurrió un día concreto y se acabó.
Supongo que pocas parejas serán capaces de recordar el momento exacto que se enamoraron. Siempre hay una sucesión de hechos por los que se encontraron, se gustaron, se enamoraron…y continúan manteniendo el amor. Así pasa, normalmente, con la vocación sacerdotal. Una cantidad de pequeños pasos le hacen descubrir a uno que esa es la elección correcta, la que Dios ha querido poniéndose al alcance. Pero igual que enamorarse no es cosa de un día, la vocación es cosa de cada día. Hoy día 30 de diciembre de 2014 tengo que preguntar de nuevo al Señor en mi oración  qué quiere de mí. Y mañana otra vez. Y preguntarme a mí mismo si estoy dispuesto a decir que sí a lo que el Señor quiere.
A veces resulta difícil. Aunque hayan pasado más de 40 años. Cada día se renueva la vocación. Cada día la llamada de Dios puede ser distinta. Cada día se acumulan cansancios y dificultades y defectos. Y a pesar de eso uno puede decir de nuevo que sí a Dios.
El profeta Jeremías sintió la llamada de Dios y dijo lo mismo que yo diría muchos siglos después: Piensa en otro, Señor, mira que soy un chiquillo, que me cuesta hablar. Y Dios, respondió en una y otra ocasión y en miles de ocasiones más: No digas eso. Yo pondré mis palabras en tu boca, déjate llevar. Esa no es excusa, hazme caso.  Y uno, dijo: Pues venga. Haré lo que me digas
Lo que estoy contando se confirmó conmigo hace 43 años.  Y hoy quiero decir lo mismo.
Pero no me pregunten mañana que por qué me hice cura. A lo mejor mañana les cuento que muchos niños amigos de mi infancia querían ser cura y que como yo no quería separarme de ellos, también me fui al Seminario. O tal vez lo que les digo es  que, estando en el Colegio La Salle de Agüimes,  el Hermano Tomás me animó a que le pidiera a Jesús que me ayudara a ser cura y a escribirle una carta al rector del Seminario que entonces era D. Heraclio Quintana y que le hice caso.
O tal vez les cuento que a los 17 años quería dejar el Seminario y fue entonces cuando la oración de unos niños de San Bartolomé de Tirajana me hicieron cambiar y decir que sí de nuevo al Señor.
Lo único que puedo decirles es que hoy, en el aniversario de mi ordenación de cura allá en Ingenio en 1971, hoy escucho que el Señor me sigue llamando para una tarea concreta en su Iglesia. Y cuando le digo al Señor que mira que yo soy un desastre, que por qué no se lo dices a otro, él me vuelve a decir: No digas eso. Yo pondré mis palabras en tu boca, déjate llevar. Esa no es excusa, hazme caso
Por eso hoy sigo siendo cura. Y con mucha alegría.



domingo, 21 de abril de 2013

LA CONCEJALA QUE SE EMOCIONÓ


CARTA AL VIENTO

LA CONCEJALA QUE SE EMOCIONÓ

Ya he comentado alguna vez que  me molesta mucho  cuando se generaliza al hablar de los políticos o de la Iglesia o de los funcionarios. No todo el mundo es igual.  Hace unos días, ante un grupo de amigos, la concejala responsable de asuntos sociales se emocionó. No estaba en campaña, no era un mitin, no estaba “vendiéndose”. Sencillamente, hablaba de los problemas de muchas, muchísimas familias de su municipio. Y al mismo tiempo pasaban  por su mente los casos reales, duros, crueles, injustos de cada persona  que le contaba su problema.  Y   la imposibilidad de dar respuesta adecuada a cada familia. La concejala no pudo evitarlo y se derrumbó emocionada. Y a mí me emocionó ver a un político que no es un mero gestor sino alguien que comparte  el sufrimiento, que se compadece, que comparte el padecer   de las personas a las que atiende y a las que no puede atender adecuadamente.
Esta es la verdadera política. La que está ahí por vocación. Con verdadera actitud de servicio. 
                Yo también estoy harto de los políticos, banqueros, curas, obispos, maestros, médicos, y gente que están ocupando un puesto para el que no tienen vocación. Porque no tienen respeto y cariño a las personas que atienden. Porque no sufren cuando  los otros sufren. Sus intereses son otros.  Me da lo mismo que sea el poder o el dinero o la vanidad. Estoy harto de los que están en la política o la Iglesia porque, además de su paga, tienen otras compensaciones justas o injustas. Pero no son todos así. La mayoría no es así.  Estoy igualmente harto de los que hablan de igualdad y pobreza y justicia, pero lo hacen desde la comodidad de su riqueza y su buena vida. Harto de los que se proclaman comunistas, socialistas o curas y  predican igualdad desde su ofensiva y evidente desigualdad. El que no sufre y se emociona y llora por no poder echar una mano a quien se comprometió a servir, es un mentiroso. Pero no lo son todos.
   Conozco gente con vocación. Conozco pastores que lloran cuando una oveja se les muere. Conozco pastores que conocen a sus ovejas y las quieren. Y conozco alcaldes y curas y obispos  que darían su vida por la gente. Porque tienen vocación.
    Cuando aquel joven me dijo que quería ser cura no le pregunté si iba a misa ni si rezaba por las noches ni si era buen estudiante. Le pregunté si quería a la gente y si quería ayudarles. Lo demás vendría poco a poco. Cuando alguien comenta que quiere ser catequista porque está pasando un problema personal, le digo que mejor que no. Que primero resuelva su problema. Y si un político, que los hay, quiere aprovechar su cargo para resolver su situación personal, es que equivocó el camino.
Un cura sin vocación, sin amor a la gente es un mal cura. Y un concejal preocupado más por su sueldo que por la falta de sueldo de sus conciudadanos es un mal concejal. 
El Papa Francisco lo ha dicho con palabras más claras que las mías:    el sacerdote tiene que salir a la "periferia, donde hay sufrimiento, sangre derramada, ceguera que desea ver, donde hay cautivos de tantos malos patrones". El Papa ha clamado contra el  "que no sale de sí y que en vez de mediador se va convirtiendo poco a poco en intermediario, en un gestor  que ya tiene su paga”. Afirma Francisco que los curas, tienen que ser  "pastores con olor a oveja, pastores en medio de su rebaño". Y recordaba  que Jesús iba al encuentro de los pobres,  los enfermos, los que están tristes y solos.
   Por eso me emocionó y alegró que una concejala  se emocionara al hablar de los empobrecidos. Eso es ser concejala “con olor a oveja”. Una concejala con vocación.

domingo, 18 de marzo de 2012

DÍA DEL SEMINARIO: PELÍCULA "LA ÚLTIMA CIMA" Y TESTIMONIO DE DOS SEMINARISTAS


Día 19 de marzo, Fiesta de San José, patrono de los Seminarios 

  
San José es el patrono Universal de la Iglesia, patrono de la buena muerte y patrono de los seminarios. 
Fue escogido por Dios como fidelísimo guardián de los tesoros celestiales, que eran Jesús y María. 
Con fe acogió al Niño que había comenzado a vivir en el seno de María, y a ellos, a Jesús y María, les entregó su vida sin escatimar sacrificios.  
San José no llegó a ver a Jesús en su vida pública (predicación, milagros, etc.). 
No ha habido en el mundo santo más feliz ni padre más afortunado. 
¡Qué felicidad la suya al ver a su lado al Hijo de Dios!
San José es el patrono de los seminaristas.
Te invitamos a que veas aquí mismo la película "LA ÚLTIMA CIMA", la historia real de un sacerdote. Y  el testimonio de dos seminaristas. Y nuestra felicitación a los padres, a los seminaristas y a los que llevan el nombre de José o de Josefa. 



*TESTIMONIO DE DOS SEMINARISTAS DE ALMERÍA

Me llamo Jesús Peña López, tengo 14 años y estoy en elSeminario Menor de Almería.
Todo empezó cuando después de hacer la Primera Comunión en laparroquia de la Preciosísima Sangre de Jesucristo de Aguadulceme entró la curiosidad de si el Señor me llamaba al sacerdocio y empecé a ser monaguillo con mi párroco Don Ramón.
Él me hablaba de las convivencias en el Seminario, pero tenía miedo, no estaba seguro.
Después de recibir el sacramento de la Confirmación, ese mismo verano mi párroco consiguió que fuera, allí me lo pasé genial e hice nuevos amigos.
Cuando volví le pregunté a Don Ramón sobre los seminaristas menores y le dije que me gustaría ser uno de ellos, él se alegró mucho.
Cuando se lo dije a mis padres, también se alegraron, pero había un inconveniente, y es que, al ser hijo único, se iban a quedar solos, pero el Señor me dio fuerzas para seguir adelante.
Cuando entré no estaba solo porque ya conocía del campamento de verano a Miguel y a José Ángel (mis compañeros de curso).
Los primeros días son un poco duros pero cada día que pasa se va disfrutando más y ahora estoy muy contento de mi decisión.

Jesús Peña López
Seminarista
De la Revista Seguimos Caminando nº 13 Marzo 2012 Pastoral Vocacional. Seminario Almería

LA ALEGRÍA DE SENTIRSE LLAMADO
La historia de mi vocación no puede concretarse en la narración de un instante, de un momento determinado de mi vida en el que alcanzase a vislumbrar este maravilloso plan que Dios ha previsto para algunos, que es la vocación sacerdotal.
No es ésta, por tanto, la historia de un flechazo.
He tenido la oportunidad de conocer a algunos seminaristas que, en un cierto momento de su vida, han experimentado con gran fuerza e intensidad que Dios le llamaba a seguirle muy de cerca por el camino del sacerdocio ministerial, de modo que al sentir ese repentino aldabonazo de Dios que llamaba a la puerta de su alma, pudieron percibir claramente su vocación.
En cambio, mi caso ha constituido en un descubrimiento paulatino de cuál era la voluntad del Señor para conmigo: ha sido todo un proceso en el que he ido encontrándose gozosamente con la llamada de Cristo.
Nací en Almería en el año 1987. Desde los cuatro años de edad hasta que finalicé el Bachillerato estudié en el Colegio La Salle de la capital. 
Gracias a mi familia (y especialmente a mi abuela) y a la formación que recibí en el Colegio, fui instruido desde pequeño en la fe, y fui creciendo en el conocimiento de las verdades sobrenaturales.
Sin embargo, durante todos esos años no llegué a plantearme con un mínimo detenimiento la posibilidad sacerdotal.
Terminada mi etapa escolar, comencé la carrera de Derecho en la Universidad de Almería.
Ciertamente, la materia me gustó desde el principio y los resultados eran buenos, pero nunca lograba aclarar mis ideas sobre la futura profesión a la que quería aspirar.
No fue hasta casi el final de mis estudios universitarios cuando empecé a plantearme la posibilidad de que el Señor hbuera previsto para mí un designio diferente al de ejercer una profesión jurídica.
Para mí fue decisivo el día en que un sacerdote a quien acababa de conocer, y que desde entonces ha sido mi director espiritual, me preguntó: "¿Te has planteado alguna vez la vocación al sacerdocio?"
La pregunta me resultó de lo más inesperada, pero no quise eludirla, pues desde el primer momento me pareció muy sugestiva. "¿Sacerdote, yo?"
A esta pregunta siguieron meses en los que pedía a Cristo que arrojara luz sobre mi entendimiento, para descubrir qué es lo que quería de mí.
La experiencia fue muy gozosa, pues, poco a poco iba sientiendo que, efectivamente, Dios me pedía más de lo que le había estado dando hasta entonces: me pedía más trato con Él, más sacrificio, más confianza filial y, a la postre, que entregara mi vida a su servicio.
Me había reservado para Sí, y me pedía, en consecuencia, que cambiara mi escala de valores y que redescubriera aquella interpelación evangélica tan terminante: "¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?" (Mt 16,26)
Verdaderamente, a través de mi experiencia personal, he advertido lo importante que es tener cerca a un sacerdote de confianza a quien acudir y cocn quien poder tratar de asuntos de índole espiritual; no solo para el progreso espiritual y moral de todo joven católico, sino también para la necesaria ayuda a la hora de discernir su vocación.
Finalmente, una vez terminada la carrera me decidí a dar el paso y solicitar la admisión al Seminario. Al volver la vista atrás, he reparado en que la llamada de Dios ya estaba latente en mí, de algún modo, desde mi infancia (aunque yo no llegara entonces a advertirlo).
Asimismo, me he dado cuenta de cómo el Señor ha ido disponiendo los diversos acontecimientos de mi vida, de modo admirable, para conducirme por este camino.
El esclarecimiento de esa llamada y la respuesta decidida y confiada en la divina voluntad, ha sido para mí una experiencia sumamente dichosa, por la que no ceso de dar gracias a Dios.
La perspectiva de ser un futuro sacerdote me produce ilusión y zozobra, alegría y vértigo, por la responsabilidad que comporta la grandeza de la misión del ministro de dios, para tan poca cosa como es una criatura humana.
Pese a todo, espero algún día poder servir a Cristo y a su Iglesia en este ministerio, con la ayuda de Dios y el apoyo de mis compañeros y superiores.
Javier  Ocaña Gámiz
Seminarista
De la Revista Seguimos Caminando nº 13 Marzo 2012 Pastoral Vocacional. Seminario Almería

domingo, 7 de febrero de 2010

DIARIO DE UN CURA...Y CARNAVAL. 7 Febrero 2010

Ayer tarde, la señora I. me comentó que le había molestado que, en la revista de la Parroquia "El Puente" se nombrara el carnaval. Le parece algo tan malo, que le resultó indigno que en una publicación de los crstianos dijéramos: "Jueves 18: Festivo en Agüimes por motivo del carnaval".Me costó entenderlo, la verdad. Le respondí que, en primer lugar sólo se trataba de informar que era festivo. Pero es que, además, le comenté, en el carnaval no todo es malo. Es buena la alegría y divertirse y cantar, y que la gente se reúna, y que se hagan carrozas...Pero I. no aceptaba nada de eso. -No, qué va, nada hay bueno en el carnaval, insitía.
Por eso tampoco quise decirle más. ¡Ay I. si usted supiera! Yo no soy "carnavalero" pero he hecho mis peninos: ¡Cómo me alegraba de chiquillo ir de casa en casa disfrazado con ropas viejas y pidiendo un huevito!
Y ya siendo cura, otra muchísimas veces. Estando de Formador en el Seminario o dando la lata a D. José Díaz en la casa parroquial de Telde.
Me viene a la mente cuando, de cura en Vecindario, aprovechaba las verbenas de la plaza, delante mismo de la casa parroquial. Era una gran ventaja. Me disfrazaba, daba la lata a unos cuantos, volvia a cambiarme de ropa y algunos me contaban después lo que les había pasado sin sospechar que la "mascarita" era yo. Santiago, un cura militar que iba por allí, muy serio, estaba en la plaza y yo empecé a darle bromas, a meterme con él. Y él más o menos las seguía. Pero cuando ya me puse algo más pesado se enfadó bastante ý  me marché. Nunca me atreví a decirle que había siso yo porque más tarde me lo contaba muy airado y  sospechando que podía ser Gerardo el seminarista que también se quedaba en la casa parroquial.
   Y ya en Tamaraceite probé a vestirme de cura. Bajé a Las Palmas con un grupo de amigos y la gente se metía mucho conmigo sin pensar que, efectivamente, era un auténtico cura el que estaba dentro de la sotana.
   ¿Qué tiene esto de malo, I.? Sencillamente pasarlo bien, dar bromas, reir... La alegría, estimada I. es una virtud necesaria en los cristianos. Pobres de nosostros si no somos capaces de reir y de encontrar la parte positiva de las fiestas. Claro que también tiene su parte negativa, pero ¿por qué poner los acentos en lo malo y no en lo bueno? El año pasado, ya de cura por aquí, estuve alguna noche en el carnaval de Agüimes, sólo a ver...Y cómo me alegró entonces encontrarme con las Gemelas del Cruce de Arinaga y otras personas amigas de la parroquia. Pero tranquila, I. que este año, con este catarrón que llevo disfrutando hace casi dos meses, no voy a poder vivir ni desde fuera ni desde dentro el carnaval. Bueno, si yo supiera que usted iba, sí que me disfrazaría para darle alguna bromilla. No se molestará ¿verdad?
    Aparte lo del carnaval, el domingo, como casi siempre, riquísimo. Las colectas para Haití, por lo que vi a primera vista, muy generosas. Cuando los que cuentan el dinero me digan lo recaudado lo daré a conocer en la parroquia. En el Cruce de Arinaga me agradó escuchar a Carmelo su comentario tan acertado al evangelio del día (la pesca milagrosa). Y hablar con la hija de la señora "De los Muchos Hijos" (así la llamábamos)de Ojos de Garza, que conocí niña y ahora vive por aquí. En Arinaga, disfruté con las canciones y vi que también la gente se sentía a gusto. Una señora peninsular se despidió de mí, dice que lleva algo más de un mes por aquí y ha participado cada domingo en la misa. Se vuelve a su tierra y dijo que se ha sentido muy bien por el ambiente de alegría y por los cantos de la misa.
María Dolores y Araceli, de Tamaraceite, me visitaron al mediodía y comimos juntos. Ellas me informaron de muchísimas cosas de mi ex-parroquia. Está bien no perder el contacto y para mí es bueno que con frecuencia aparezcan por aquí algunas de las personas amigas que quedaron en la otra parroquia.
    También tuve misa en Las Rosas, a donde siempre voy con mucho gusto. Águeda, Rosy y las muchachillas de Síntesis de Fe animan mucho la celebración. Yo disfruto la misa. Y como colofón, al llegar a la casa Parroquial, mi hermana Flora y su hija Pepa. Un ratillo de diálogo, una "aguita guisada" y final de la jornada hasta los cardos que acaba de traer Dámaso.
    Claro que me quedan muchas cosas más de este domingo. Pero habrá más. Ahora un poquito de información futbolera... y recogiendo todo este  día, la oración que invité a hacer hoy a los niños y adultos: ¿Qué quieres de mí Señor? ¿Qué quieres que haga, cuál es mi misión? 
Me gustaría que mi corazón escuchara, sinceramente, lo que tú quieres de mí.
A lo mejor lo cantamos hoy en algún momento:
-Ve por el mundo, grita a la gente
que el amor de Dios no acaba ni la voz de Dios se pierde....

sábado, 6 de febrero de 2010

CARTA AL VIENTO: La niña que quería ser cura



   El pasado domingo, en la misa, pregunté a los niños qué les gustaría ser de mayores. Quince levantaron la mano para afirmar, muy seriecitos, que quieren ser profesores. Cuatro dijeron que les gustaría ser médicos y hasta hubo dos, un niño y una niña, que se apuntaron a ser cura. Me extrañó y me alegró la decisión de la niña al levantar la mano, pero también me pareció raro que nadie soñara con ser carpintero, albañil, enfermera, fontanero o panadero y mucho menos agricultor. Vaya usted a saber de qué se alimentará la gente dentro de quince años cuando todos estos chicos de mi parroquia sean médicos y profesores y no se encuentre a nadie que plante papas ni amase el pan. Y vaya usted a saber dónde se encontrarán curas para atender a todos los pueblos, a no ser que en el futuro se tenga en cuenta la mano levantada de la niña que quería serlo.
   En mis tiempos de seminario había un eslogan que se repetía mucho: Dios llama siempre, Dios sigue llamando. Y debe ser así, aunque tal vez la voz de Dios se oiga ahora menos, ya que nuestros seminarios están atravesando un tiempo de gran sequía. El papa Benedicto XVI decía hace unos meses con ocasión del Año sacerdotal:
   "Que este nuevo año jubilar constituya una ocasión propicia para profundizar en el valor y la importancia de la misión sacerdotal y para pedir al Señor que le dé a su Iglesia el don de numerosos y santos sacerdotes".
   Y aunque es escasa la cantidad de curas, -ahora lo digo yo, no el papa- tal vez tendríamos que valorar más si la calidad es buena. Ojalá hubiera muchos y santos sacerdotes como dice el Papa. Pero a falta de cantidad, que al menos seamos buenos pastores. Hay una señora del Toscón, en la zona de Tamaraceite, que me llama con frecuencia y me dice que no hay un solo día que no pida a Dios por todos los sacerdotes y que, además, nombra uno a uno a todos los que ella conoce.
   A lo mejor, cuando hablamos de la vocación, habría que afinar más y no empeñarnos en decir solamente que hace falta curas. Lo que necesitamos con mayor urgencia es que haya cristianos comprometidos. Cristianos que se impliquen en el mundo de la educación y estén presentes en la actividad de la vida ordinaria. Cristianos en los carnavales y en las ONG que trabajan por Haití o cualquier actividad solidaria. Cristianos comprometidos en los medios de comunicación y en los centros hospitalarios y en la política. La respuesta a la vocación a la vida cristiana de cada uno es lo que puede servir de palanca para que este mundo sea más justo y para que haya más vocaciones a la vida religiosa.
   Este próximo domingo tal vez pueda hacer la misma pregunta a los niños que participan en la eucaristía familiar. ¿Qué te gustaría ser de mayor?
   Me responderán otra vez que quieren ser profesores, médicos o policías. Y yo pediré a Dios lo mismo que el papa pedía para los sacerdotes. Que sí, que haya maestros, fontaneros, albañiles y aparceros: Que sean numerosos y santos profesionales.

   ¿Y si la niña del otro día vuelve a levantar la mano diciendo que quiere ser cura? Bueno si levanta la mano…ya me pensaré qué responderle. Tendré que preguntárselo al Señor. Porque primero tendrá que ser una buena cristiana… y después ya veremos. Está claro que Dios sigue llamando, no sólo para ser cura  sino, sobre todo, para que seamos buenas personas, honradas, trabajadoras, alegres, amables… y seguidores de Jesús. Es la vocación a la vida cristiana que encaja con cualquier profesión.

   Gracias, niños de mi parroquia que me ayudan a pensar y a rezar.