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viernes, 5 de abril de 2013

UNA CARTA PARA EL PAPA FRANCISCO


CARTA AL PAPA, 
de Dolores Aleixandre, Religiosa del Sagrado Corazón y Doctora en Teología


Hermano Francisco: nunca pensé que me dirigiría así a un Papa, pero como en tu saludo inicial no nos llamaste “hijos e hijas” sino “hermanos y hermanas”, siento que tengo permiso para hacerlo. Y me sale también un tú, aunque llenísimo de respeto, porque no me imagino llamando de usted a un hermano de verdad y el vos argentino no me va a salir.
En el diario “La Nación” del 14 de Marzo he leído que tu elección “ha resultado balsámica” y me ha parecido un adjetivo perfecto para calificar lo que nos está pasando desde que nos saludaste desde el balcón, con aquel tono en el que se mezclaban la timidez y la confianza. Primer efecto balsámico: te vemos distendido y hasta bromista (¡qué maravilla, un papa con sentido del humor…!), sin dar en ningún momento la impresión de estar abrumado por el peso de esa responsabilidad agobiante y desmesurada que los Papas se han ido echando sobre los hombros, como si les tocara a ellos solos encargarse de toda la Iglesia universal. Como si no existieran los otros Pastores, como si el pueblo de Dios fuera un fardo con el que cargar y no una comunidad de hombres y mujeres capaces de iniciativa y con deseos de participar y de colaborar, como soñamos con el Concilio.
Tú, en cambio, estás consiguiendo comunicarnos la convicción de que ese camino que comienzas lo vas a hacer acompañado por todos nosotros. Qué manera tan franciscana por lo sencilla y tan ignaciana por su lucidez de señalar un nuevo estilo eclesial. Porque si lo que deseas es que se nos reconozca por la fraternidad, el amor y la confianza, empiezan a sobrar y a estorbar (hace tiempo que a bastantes ya nos estaban sobrando y estorbando…) tantas conductas, prácticas y costumbres en las que se han ido confundiendo la dignidad con la magnificencia y lo solemne con lo suntuoso. Resulta una sorpresa balsámica sentir que ahora te tenemos como cómplice en el deseo de ir cambiando esas usanzas e inercias que nadie se decidía a declarar obsoletas y ante cuya incongruencia habían dejado de dispararse las alarmas. No son cuestiones irrelevantes, son indicadores que revelan una preocupante atrofia de los sensores que tendrían que haber puesto alerta, hace mucho, de que estaban en contradicción con los usos de Jesús. Así que bienvenida sea esa tarea que emprendes de volver a la frescura del Evangelio y a la radicalidad de sus palabras: ya nos estamos dando cuenta de que, en lo que toca a los pobres, no vas a darnos tregua.
Comienzas tu camino en momentos de extrema debilidad de la Iglesia: lo mismo que aquel joven que huyó desnudo en el huerto, a ella le han sido arrancadas las vestiduras con las que se protegía: secretismo, hermetismo, ocultamiento, negación de lo evidente. Pero es precisamente ahora, cuando aparece desnuda y despojada ante la mirada enjuiciadora del mundo, cuando se le presenta inesperadamente una ocasión maravillosa: la de revestirse por fin, únicamente, del manto de la gloria de su Señor.
Nos has confiado la tarea de sostenerte con nuestra oración y en estos momentos estoy pidiendo para ti unas cuantas cosas: paciencia ante el rastreo que la prensa está haciendo de tu pasado y que es una consecuencia de lo que dijiste a los periodistas: “Habéis trabajado ¿eh?, habéis trabajado…”. Pues eso, se han crecido y siguen trabajando. También pido que no te agobien más de la cuenta las expectativas descomunales que estás despertando y que te sientas muy libre (y muy hábil también) para elegir a quienes creas que pueden ayudarte en el gobierno de la Iglesia, aunque suponga un ERE para la curia.
Vas a encontrar muchas piedras en ese camino: críticas, resistencias y hasta zancadillas así que, siguiendo la recomendación de tu preciosa homilía el día de San José, trata de custodiarte un poco a ti mismo. Y por si no aciertas del todo, que se ocupen de ello las santas de la Iglesia de Roma: Cecilia, Inés, Domitila, Tatiana, Agripina, Demetria, Martina, Basilisa, Melania, Anastasia, Digna, Emérita, Martina, Sabina.
Han ido a buscarte casi hasta el fin del mundo y ha sido un acierto: gracias por haber aceptado quedarte, sin poder volver a recoger tus cosas. Menos mal que los zapatos que llevas parecen cómodos.
Muchos nos sentimos ahora responsables de rezar por ti, aunque no seamos de tu diócesis y nos alegra saber que estás también encargado de velar por la Iglesia universal. De pronto, está recobrando sentido llamar Papa al Obispo de Roma.
Que el Señor te bendiga, te guarde y derrame sobre ti el bálsamo de su paz.

Dolores Aleixandre RSCJ+

En el nº 2.842 de Vida Nueva.

lunes, 10 de octubre de 2011

LA PACIENCIA DE DIOS, una bella narración de Dolores Aleixandre

LA PACIENCIA DE DIOS


          Habíamos decidido no esperar más. No era la primera vez que Justo, sin hacer honor a su nombre, incumplía sus promesas y no era fiel a la palabra que había dado y estábamos ya cansados de él.

          Al principio pareció decidido a responder a la llamada que le hizo Jesús y se había adherido con entusiasmo al grupo de los que le seguíamos, pero aquella primera disposición no resistió la prueba del tiempo. Un día desapareció sin dar explicaciones y supimos que había vuelto a Betsaida, la ciudad donde vivía con su familia, ayudando a su padre que poseía un gran higueral y vendía cargamentos de higos a los mercaderes que los embarcaban rumbo a Chipre.

          Al cabo de un tiempo reapareció inesperadamente con aire de arrepentimiento y Jesús lo acogió de nuevo sin tener en cuenta nuestro malestar. Caminaba con nosotros pero siempre rezagado y soportaba en silencio las palabras mordaces que algunos le dirigían:

          “- ¿Os habéis dado cuenta de que hoy en la sinagoga han hablado de Justo? Parecía que las palabras de Oseas estaban escritas pensando en él: “Vuestra fidelidad es nube mañanera, rocío que se evapora al alba…” (Os 6,4).

          Él se mordía los labios para no enzarzarse en la discusión pero debió cansarse de nosotros porque un día que nos alojamos cerca de su pueblo dijo que tenía que acercarse a su casa a recoger un cesto de higos y que volvería pronto, pero llegó la noche y no había regresado.

          Estábamos indignados y supusimos que Jesús también porque un día le habíamos oído descalificar a los que, después de poner la mano en el arado, vuelven la vista atrás. Por eso nos sorprendió que, cuando nos disponíamos a reemprender el camino al amanecer, él propuso que lo retrasáramos para esperar a Justo.

          “- Pero Maestro”, le dijimos, “¿es que de verdad crees que va a volver? ¿No te das cuenta de que es inconstante como una hoja llevada por el viento y que sus promesas no valen más que la hierba de un tejado? ¿Vas a permitir que se ría otra vez de nosotros?”

          En situaciones como éstas Jesús que habitualmente es un gran conversador, no contesta preguntas ni entra en diálogo.

          “– Ha dicho que va a volver y voy a esperarlo. Vosotros podéis marcharos si queréis”

          Nos quedamos también aunque malhumorados porque estaba siendo un otoño muy caluroso y tendríamos que caminar en las peores horas del día. Cerca de mediodía le vimos aparecer a lo lejos cargado con un canasto de higos. Se acercó a Jesús y todos oímos las historias que le contó sobre un encargo de su padre, la enfermedad de un criado y la pérdida de un burro que había tenido que ir a buscar. Le agradecía que no nos hubiésemos marchado sin él y nos invitaba a comer los higos que había traído.

          Excepto Jesús, ninguno dimos crédito a sus explicaciones pero como teníamos hambre y los higos estaban deliciosos, nos sentamos a comer. En la sobremesa Jesús dijo:

          - “Estos higos me han recordado la historia que le oí de niño a Azarías, un vecino de Nazaret. En su patio había una higuera espléndida y a mí de niño me dejaba subirme a sus ramas para comer higos.

          –“¿La ves ahora tan hermosa y cargada de frutos? Pues hace muchos años estuvo a punto de secarse y mi padre dijo que iba a cortarla; pero yo le pedí que me dejara ocuparme de ella, la regué, aboné y cuidé tanto que en la primavera siguiente reverdeció y se fue fortaleciendo y ahora es la que da los mejores higos del pueblo.

          Y mi padre, ya anciano, me decía con orgullo:

          - “Hijo, ¡qué bien hiciste en no dejarme que la cortara…!”

          Eso fue lo que me contó Azarías ¿qué os parece? Hizo una pausa mientras cogía el último higo que quedaba en la cesta y, después de comérselo, nos dijo:

          - “Esa paciencia que tuvo mi vecino con un árbol ¿no creéis que vale la pena tenerla también con un hombre?”

          No supimos qué contestarle pero aquel día aprendimos algo más sobre la paciencia de nuestro Dios.



Dolores Aleixandre
(Dolores Aleixandre es Religiosa del sagrado Corazón, teóloga y autora de "Un tesoro escondido. Las parábolas de Jesús".  Editorial  CCS)

martes, 26 de abril de 2011

RESULTADOS, una reflexión de Dolores Aleixandre sobre la Pascua


RESULTADOS 
(Artículo de Dolores Aleixandre)

 Dolores Aleixandre es una teóloga, Profesora en la Facultad de Teología de la Universidad Pontificia de Salamanca y religiosa del Sagrado Corazón (Como las que están en Balos). Este artículo, escrito con mucha simpatía y mucha más fe en Jesús, puede animarnos a vivir la Pascua. Por eso lo ponemos aquí, claro.

Buscando en You Tube una conferencia reciente de Willigis Jager, veo otra más antigua con este título: “La humildad” pero, cuando intento dar con ella, lo que aparece en pantalla es: “esta búsqueda no obtiene resultados”.

No me extraña demasiado porque “humildad” y resultados” suelen estar de suyo bastante distanciados, salvo para un puñado de chalados por el Evangelio que andan sueltos por ahí.

Busco la palabra “resultado” en el diccionario de sinónimos y salen a mi encuentro: logro, éxito, provecho y productividad, todos vestidos de Armani, saludándome encantados y sonriéndome con sus dentaduras blanquísimas. Esto es ya otra cosa, pienso, y en este lenguaje ya nos entendemos todos, desde Botín hasta Mourinho, pasando por la SGA, la JMJ y el chino de la tienda de todo a cien, aunque él plonuncie lesultado.

Echándole imaginación, se me ocurre que es como si el Padre, después de arreglarle bien el nudo de la corbata al Hijo y comprobar que no le faltaba nada en el maletín, lo hubiera enviado con esta recomendación: “Hala hijo: a obtener resultados”. No le dio ningún ejemplar del Manual del Triunfador, pero quedaron en que se conectarían cada madrugada para diseñar juntos la estrategia del día.

Empezó por domiciliarse entre nosotros en un pueblo perdido que ni siquiera aparece en la guía Michelin (mal empezamos) y respondía al nombre de Jesús. Estudios, los justitos; el arameo, con acento galileo y el griego, lengua del imperio, flojísimo.

Se puso a currar en un taller y algunos pensaron que iba a montar un franquiciado de exportación de maderas. Pero no, fue un chasco para todos: esperó a cumplir los 30, edad evidentemente tardía cuando a esas alturas otros más jóvenes presentan ya resultados exitosos. Y él, sin pisar business school alguna, se puso a buscarlos con métodos rarísimos.

Ideas e innovación no le faltaban y parecía emprendedor pero en seguida los entendidos vieron que no paraba de cometer errores: “No está en sus cabales” comentaban los de su entorno (Mc 3,21): qué desperdicio de recursos y de posibilidades, qué mal le asesoran esos socios insolventes de los que se ha rodeado, qué falta le está haciendo un coach que le espabile y le ayude a establecer un plan en acción con mejores expectativas porque, con el marketing que emplea, que se despida de obtener ganancias.

No se puede ir por la vida confesando que no tiene dónde reclinar la cabeza, afirmando que el dinero es como un coágulo en la sangre que te detiene el flujo vital, que a los pobres no hay quien los gane en alegría y que no conoce mejor inversión en bolsa que la de ganarse amigos. Declaraciones como esas generan inestabilidad y alarman a los inversores. Vas derecho a la crisis, chaval, cotizas a la baja, prepárate a la suspensión de pagos o incluso a algo peor.

Y lo peor llegó: fracasó su empresa, se hundió su proyecto, se fugaron sus socios, todo se vino abajo, terminó por quebrarse él mismo. Se reían al verle tan hundido: “Mirad cómo ha acabado el que se empeñaba en arreglar el mundo…” Borraron su nombre de la lista de los vivos, los eficaces, los competentes y los VIPS y pusieron una losa encima de su recuerdo.

No lo consiguieron. Sigue vivo entre nosotros y su memoria continúa transmitiéndose de boca en boca y encandilando a muchos que dedican sus vidas a la empresa creada por él, empeñados en seguir sus mismos extraños métodos de gestión.

Con todos ellos esperamos en silencio el bonus que concede el Padre a los resultados de su Hijo y que inundará de luz la noche del Primer Día de la semana

Feliz Pascua a todos y enhorabuena: es tiempo de reparto de dividendos.  


Dolores Aleixandre
ALANDAR Abril 2011