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miércoles, 12 de noviembre de 2014

plantar para los demás

PLANTAR PARA LOS DEMÁS

Un señor encontró a su vecino, un anciano de ochenta y seis años, haciendo hoyos en la tierra. ¿Qué estás haciendo, Juan? preguntó. Plantando árboles de mango, replicó el anciano. ¿Esperas comer mangos de esos árboles? dijo burlándose el vecino. No. A mi edad sé que no lo haré, habló el anciano. Pero toda mi vida he comido mangos, y no de un árbol que yo haya plantado. No hubiera yo tenido esos mangos si otros hombres no hubieran hecho lo que yo estoy haciendo ahora. Sólo trato de pagar a mis semejantes que plantaron los árboles de mango para mí.
Tenemos una gran deuda con aquellos que nos precedieron y que sufrieron mucho para proporcionarnos lo que ahora disfrutamos. Cada uno de nosotros paga la deuda en cierta medida, haciendo ahora lo que ellos hicieron en su tiempo: dando todo lo que podamos para asegurar eso mismo, para las futuras generaciones.

lunes, 10 de noviembre de 2014

EL ECO

EL ECO

Jorge, que no sabía lo que era el eco, un día se divertía en el campo en ir montado sobre un palo de escoba, como si fuera un asno y en gritar:
-¡Arre! ¡Arre!
Pero inmediatamente oyó las mismas palabras en el bosque cercano. Creyendo que algún niño se hubiera escondido en él, le preguntó admirado:
-¿Quién eres tú?
La voz misteriosa repitió inmediatamente:
-¿Quién eres tú?
Jorge, lleno de furor, le gritó entonces:
- Tú eres un necio.
Enseguida la misteriosa voz repitió las mismas palabras.
Entonces Jorge montó en cólera y lanzó palabras cada vez más injuriosas contra el desconocido que suponía escondido; pero el eco se las devolvía con la máxima fidelidad. Jorge corrió al bosque para descubrir al insolente y vengarse de él, pero no encontró a nadie. Entonces marchó a su casa, y fue a consolarse con su mamá de lo que le había sucedido, diciéndole que un enemigo, escondido en el bosque, lo había colmado de injurias.
Esta vez te has engañado, pues lo que has oído ha sido el eco de tus mismas palabras - le dijo la madre -. Si tú hubieras dicho en alta voz una palabra afectuosa, la voz de que hablas te hubiera respondido también en términos afectuosos.
REFLEXIÓN: Lo mismo sucede en la vida ordinaria. Por lo común, el proceder de los demás para con nosotros es el eco de nuestra conducta para con ellos. Si somos educados con los demás, los demás lo serán con nosotros. Si, en cambio, somos descorteses, ruines y groseros con nuestros semejantes, no tenemos derecho a esperar ser tratados de diferente manera.

sábado, 1 de noviembre de 2014

¿HABRÁ VIDA MÁS ALLA? CUENTO: CONVERSACIÓN ENTRE DOS NIÑOS

¿HABRÁ VIDA MÁS ALLA?
CUENTO: CONVERSACIÓN
ENTRE DOS NIÑOS


En el vientre de una mujer embarazada se encontraban dos bebés.

El primero pregunta al otro:
-¿Tú crees en la vida después del parto?
-Claro que sí. Algo debe existir después del parto. Tal vez estamos aquí porque necesitamos prepararnos para lo que seremos más tarde.
-¡Tonterías! No hay vida después del parto. ¿Cómo sería realmente esa vida?
-No lo sé exactamente, pero seguramente habrá más luz que aquí. Tal vez caminemos con nuestros propios pies y nos alimentemos por la boca.
-¡Esto es absurdo! Caminar es imposible. ¿Y comer con la boca? ¡Eso es totalmente ridículo! El cordón umbilical es por dónde nos alimentamos. Yo te digo solamente una cosa: la vida después del parto está excluida. El cordón umbilical es demasiado corto.
-Yo creo que seguramente hay algo. Tal vez sea sólo un poco distinto a lo que estamos acostumbrados a tener aquí.
-Pero nadie nunca ha vuelto de allá, después del nacimiento. El parto apenas encierra la vida. Y al final de cuentas, la vida no es nada más que la angustia prolongada en la oscuridad.
-Bueno, no sé exactamente cómo será después del parto, pero seguro veremos a la mamá y ella nos cuidará.
-¿Mamá? ¿Tú crees en mamá? ¿Y dónde crees tú que ella esté?
-¿Dónde? ¡En todo nuestro alrededor! En ella y a través de ella es que vivimos. Sin ella todo esto no existiría.
-¡Yo no creo! Nunca he visto ninguna mamá, por lo tanto es lógico que no exista ninguna.
-Bueno, pero a veces cuando estamos en silencio, tú puedes oírla cantando, o sentir como acaricia nuestro mundo. Sabes, yo pienso que hay una vida real que nos espera y que ahora solamente estamos preparándonos para ella.....


martes, 9 de septiembre de 2014

EL ANILLO DEL REY

EL ANILLO DEL REY

      Hubo una vez un rey que dijo a los sabios de la corte:

      Me estoy fabricando un precioso anillo. He conseguido uno de los mejores diamantes posibles. Quiero guardar oculto dentro del anillo algún mensaje que pueda ayudarme en momentos de desesperación total, y que ayude a mis herederos, y a los herederos de mis herederos, para siempre. Tiene que ser un mensaje pequeño, de manera que quepa debajo del diamante del anillo.

      Todos los que escuchaban eran sabios, grandes eruditos; podrían haber escrito grandes tratados, pero darle un mensaje de no más de dos o tres palabras que le pudieran ayudar en momentos de desesperación total... Pensaron, buscaron en sus libros, pero no podían encontrar nada.
 El rey tenía un anciano sirviente que también había trabajado con su padre. La madre del rey murió pronto y este sirviente cuidó de él. Por tanto, lo trataba como si fuera de la familia. El rey sentía un inmenso respeto por el anciano, de modo que también lo consultó. Y éste le dijo:
      -No soy un sabio, ni un erudito, ni un académico, pero conozco el mensaje. Durante mi larga vida en palacio, me he encontrado con todo tipo de gente, y en una ocasión me encontré con un místico. Era invitado de tu padre y yo estuve a su servicio. Cuando se iba, como gesto de agradecimiento, me dio este mensaje -el anciano lo escribió en un diminuto papel, lo dobló y se lo dio al rey-. Pero no lo leas -le dijo- mantenlo escondido en el anillo. Ábrelo sólo cuando todo lo demás haya fracasado, cuando no encuentres salida a la situación-

      Ese momento no tardó en llegar. El país fue invadido y el rey perdió el reino. Estaba huyendo en su caballo para salvar la vida y sus enemigos lo perseguían. Estaba solo y los perseguidores eran numerosos. Llegó a un lugar donde el camino se acababa, no había salida: enfrente había un precipicio y un profundo valle; caer por él sería el fin. Y no podía volver porque el enemigo le cerraba el camino. Ya podía escuchar el trotar de los caballos. No podía seguir hacia delante y no había ningún otro camino...

      De repente, se acordó del anillo. Lo abrió, sacó el papel y allí encontró un pequeño mensaje tremendamente valioso: Simplemente decía "ESTO TAMBIEN PASARA".

      Mientras leía "esto también pasará" sintió que se cernía sobre él un gran silencio. Los enemigos que le perseguían debían haberse perdido en el bosque, o debían haberse equivocado de camino, pero lo cierto es que poco a poco dejó de escuchar el trote de los caballos.

      El rey se sentía profundamente agradecido al sirviente y al místico desconocido. Aquellas palabras habían resultado milagrosas. Dobló el papel, volvió a ponerlo en el anillo, reunió a sus ejércitos y reconquistó el reino. Y el día que entraba de nuevo victorioso en la capital hubo una gran celebración con música, bailes... y él se sentía muy orgulloso de sí mismo.

      El anciano estaba a su lado en el carro y le dijo:

      -Este momento también es adecuado: vuelve a mirar el mensaje.

      -¿Qué quieres decir? -preguntó el rey-. Ahora estoy victorioso, la gente celebra mi vuelta, no estoy desesperado, no me encuentro en una situación sin salida.




      Escucha -dijo el anciano-: este mensaje no es sólo para situaciones desesperadas; también es para situaciones placenteras. No es sólo para cuando estás derrotado; también es para cuando te sientes victorioso. No es sólo para cuando eres el último; también es para cuando eres el primero.

      El rey abrió el anillo y leyó el mensaje: "Esto también pasará", y nuevamente sintió la misma paz, el mismo silencio, en medio de la muchedumbre que celebraba y bailaba, pero el orgullo, el ego, había desaparecido. El rey pudo terminar de comprender el mensaje. Se había iluminado.

      Entonces el anciano le dijo:

      Recuerda que todo pasa. Ninguna cosa ni ninguna emoción son permanentes. Como el día y la noche, hay momentos de alegría y momentos de tristeza. Acéptalos como parte de la dualidad de la naturaleza porque son la naturaleza misma de las cosas.


domingo, 11 de mayo de 2014

CUENTO: El hombre que compró la ciudad de Estocolmo

El hombre que compró la ciudad de Estocolmo
Un cuento de Giani Rodari 
(Nos lo envía una lectora de Telde)
- ¿Quién quiere comprar la ciudad de Estocolmo?
   En el mercado de Gavirate hay a veces unos hombrecillos que venden de todo, y son tan buenos vendedores que sería difícil encontrar otros mejores.
Un viernes llegó un hombrecillo que vendía cosas raras: el Mont Blanch, el océano Índico, los mares de la Luna… Y era tan buen charlatán que al cabo de una hora lo le quedaba la ciudad     de   Estocolmo.
   La comp un barbero, a cambio de un corte de pelo con fricción.    El barbero col entre  dos espejos el certificado que decía: Propietario de la ciudad de Estocolmo”, y lo mostraba orgulloso a los clientes, respondiendo a todas sus preguntas.

- Es una  ciudad de Suecia; es más, es la capital. Sí, sí, sí.
- Tiene casi un millón de habitantes y, naturalmente todos me pertenecen.
- Bueno, también  tiene  mar,  claro,  pero no de quién es.

El barbero fue ahorrando poco a poco y el año pasado marchó a Suecia a visitar su propiedad. La ciudad de Estocolmo  le pareció   maravillosa, y  los suecos amabilísimos. Éstos,  no entendían ni una palabra de lo que él decía, y él no entendía ni media palabra de   lo que  le  respondían.
    - Soy, soy  el dueño de la ciudad ¿Lo sabían o no? ¿Se lo han comunicado?
Los suecos sonran y decían que sí, porque no lo entendían; pero eran amables y el barbero se frotaba las manos muy contento.
-Una ciudad tan grande por un corte de pelo y una fricción. Verdaderamente la he comprado a buen precio
Pero en cambio se equivocaba y le había costado demasiado cara.  Porque el mundo es de todos los niños y niñas que llegan a él, y para tenerlo no hay que pagar ni un céntimo. Sólo hay que arremangarse, alargar las manos y tomarlo.


miércoles, 26 de diciembre de 2012

¡ LOS TRES REYES SON VERDAD!

     Apenas su padre se había sentado al llegar a casa, dispuesto a escucharle como todos los días lo que su hija le contaba de sus actividades en el colegio, cuando ésta en voz algo baja, como con miedo, le dijo:

     - ¿Papa?
     - Sí, hija, cuéntame
     - Oye, quiero... que me digas la verdad
     - Claro, hija. Siempre te la digo -respondió el padre un poco sorprendido
     - Es que... -titubeó Blanca
     - Dime, hija, dime.
     - Papá, ¿existen los Reyes Magos?


     El padre de Blanca se quedó mudo, miró a su mujer, intentando descubrir el origen de aquella pregunta, pero sólo pudo ver un rostro tan sorprendido como el suyo que le miraba igualmente.

      - Las niñas dicen que son los padres. ¿Es verdad?
La nueva pregunta de Blanca le obligó a volver la mirada hacia la niña y tragando saliva le dijo:
     - ¿Y tú qué crees, hija?
     - Yo no se, papá: que sí y que no. Por un lado me parece que sí que existen porque tú no me engañas; pero, como las niñas dicen eso.
     - Mira, hija, efectivamente son los padres los que ponen los regalos pero...
     - ¿Entonces es verdad? - cortó la niña con los ojos humedecidos ¡Me habéis engañado!
     - No, mira, nunca te hemos engañado porque los Reyes Magos sí que existen -respondió el padre cogiendo con sus dos manos la cara de Blanca.
     - Entonces no lo entiendo, papá.
     - Siéntate, Blanquita, y escucha esta historia que te voy a contar porque ya ha llegado la hora de que puedas comprenderla -dijo el padre, mientras señalaba con la mano el asiento a su lado.


     Blanca se sentó entre sus padres ansiosa de escuchar cualquier cosa que le sacase de su duda, y su padre se dispuso a narrar lo que para él debió de ser la verdadera historia de los Reyes Magos:

     - Cuando el Niño Jesús nació, tres Reyes que venían de Oriente guiados por una gran estrella se acercaron al Portal para adorarle. Le llevaron regalos en prueba de amor y respeto, y el Niño se puso tan contento y parecía tan feliz que el más anciano de los Reyes, Melchor, dijo:
     - ¡Es maravilloso ver tan feliz a un niño! Deberíamos llevar regalos a todos los niños del mundo y ver lo felices que serían.
     - ¡Oh, sí! -exclamó Gaspar-. Es una buena idea, pero es muy difícil de hacer. No seremos capaces de poder llevar regalos a tantos millones de niños como hay en el mundo.
Baltasar, el tercero de los Reyes, que estaba escuchando a sus dos compañeros con cara de alegría, comentó:
     - Es verdad que sería fantástico, pero Gaspar tiene razón y, aunque somos magos, ya somos ancianos y nos resultaría muy difícil poder recorrer el mundo entero entregando regalos a todos los niños. Pero sería tan bonito.
     Los tres Reyes se pusieron muy tristes al pensar que no podrían realizar su deseo. Y el Niño Jesús, que desde su pobre cunita parecía escucharles muy atento, sonrió y la voz de Dios se escuchó en el Portal:
     - Sois muy buenos, queridos Reyes Magos, y os agradezco vuestros regalos. Voy a ayudaros a realizar vuestro hermoso deseo. Decidme: ¿qué necesitáis para poder llevar regalos a todos los niños?
     - ¡Oh, Señor! -dijeron los tres Reyes postrándose de rodillas. Necesitaríamos millones y millones de pajes, casi uno para cada niño que pudieran llevar al mismo tiempo a cada casa nuestros regalos, pero no podemos tener tantos pajes., no existen tantos.
     - No os preocupéis por eso -dijo Dios-. Yo os voy a dar, no uno sino dos pajes para cada niño que hay en el mundo.


     - ¡Sería fantástico! Pero, ¿cómo es posible? -dijeron a la vez los tres Reyes Magos con cara de sorpresa y admiración.



     - Decidme, ¿no es verdad que los pajes que os gustaría tener deben querer mucho a los niños? -preguntó Dios.

     - Sí, claro, eso es fundamental - asistieron los tres Reyes.


     - Y, ¿verdad que esos pajes deberían conocer muy bien los deseos de los niños?

     - Sí, sí. Eso es lo que exigiríamos a un paje -respondieron cada vez más entusiasmados los tres.
      - Pues decidme, queridos Reyes: ¿hay alguien que quiera más a los niños y los conozca mejor que sus propios padres?
Los tres Reyes se miraron asintiendo y empezando a comprender lo que Dios estaba planeando, cuando la voz de nuevo se volvió a oír:


     - Puesto que así lo habéis querido y para que en nombre de los Tres Reyes Magos de Oriente todos los niños del mundo reciban algunos regalos, YO, ordeno que en Navidad, conmemorando estos momentos, todos los padres se conviertan en vuestros pajes, y que en vuestro nombre, y de vuestra parte regalen a sus hijos los regalos que deseen.


     - También ordeno que, mientras los niños sean pequeños, la entrega de regalos se haga como si la hicieran los propios Reyes Magos.      Pero cuando los niños sean suficientemente mayores para entender esto, los padres les contarán esta historia y a partir de entonces, en todas las Navidades, los niños harán también regalos a sus padres en prueba de cariño. Y, alrededor del Belén, recordarán que gracias a los Tres Reyes Magos todos son más felices.
Cuando el padre de Blanca hubo terminado de contar esta historia, la niña se levantó y dando un beso a sus padres dijo:
     - Ahora sí que lo entiendo todo papá… Y estoy muy contenta de saber que me queréis y que no me habéis engañado.
      Y corriendo, se dirigió a su cuarto, regresando con su hucha en la mano mientras decía: No sé si tendré bastante para compraros algún regalo, pero para el año que viene ya guardaré más dinero. Y todos se abrazaron mientras, a buen seguro, desde el Cielo, tres Reyes Magos contemplaban la escena tremendamente satisfechos. Feliz Navidad desde todas las partes del mundo, y ya sabes que si reenvías este correo a todos tus amigos con hijos o sobrinos se cumplirán todos tus deseos.

jueves, 29 de marzo de 2012

LA HISTORIA DE LATIF ( UN CUENTO DE JORGE BUCAY)

LA HISTORIA DE LATIF 
( UN CUENTO DE JORGE BUCAY)


Latif era el hombre más pobre de la aldea. Cada noche dormía donde podía, bajo un improvisado techo o bien frente a la plaza del pueblo. Cada día se recostaba debajo de un árbol, con la mano extendida y la mirada perdida esperando que algún transeúnte le dejara una mínima limosna y solo comía de lo que la gente del pueblo le traían. Sin embargo, a pesar de su aspecto y de su forma de vida, Latif por ser anciano era considerado como el hombre más sabio del pueblo. Una mañana el rey rodeado por sus guardias apareció en la plaza, caminaba entre los puestos con el deseo de hacer algunas compras y de repente tropezó con Latif, que dormía a la sombra de una encina. Alguien le dijo al Rey que Latif era el hombre más pobre del pueblo, pero que era muy respetado por su sabiduría. El rey se acercó al mendigo y le dijo:
 -Si me contestas una pregunta te doy esta moneda de oro. Latif lo miró, despectivamente, y le dijo:
         - No hace falta, puedes quedarte con tu moneda, para qué la querría yo. Dime, ¿cuál es tu pregunta? Había un problema que el rey no podía solucionar y hacía varios días que lo angustiaba. Un problema de bienes y recursos que sus analistas no habían podido solucionar.
La repuesta de Latif fue justa y creativa. El rey se sorprendió dejó la moneda de oro a sus pies y se fue meditando sobre lo sucedido.
Al día siguiente el rey volvió a ver a Lafit, este como de costumbre descansaba, debajo de un árbol.
Otra vez el rey hizo otra pregunta, a lo que Latif la respondió sabiamente.
El soberano volvió a sorprenderse de tanta sabiduría. Se sentó en el suelo frente a Latif, y le dijo:
-Querido amigo te necesito a mi lado, estoy agobiado por las decisiones que como rey debo tomar. No quiero perjudicar a mi pueblo y tampoco ser un mal soberano. Te pido que vengas al palacio y seas mi asesor. Te prometo que no te faltara nada, y serás respetado.
Después de pensar unos minutos, aceptó la propuesta del rey.
Esa misma tarde llegó Latif al palacio, en donde inmediatamente le fue asignado un lujoso cuarto a escasos metros de la alcoba real. En la habitación, una tina llena de agua tibia con esencias lo esperaba.
Durante las siguientes semanas las consultas del rey se hicieron habituales.
Todos los días y a cualquier hora, el monarca mandaba llamar a su nuevo asesor para consultarle sobre los problemas del reino, sobre su propia vida o sobre sus dudas espirituales.
Latif siempre contestaba con claridad y precisión.
El recién llegado se transformó en el interlocutor favorito del rey.
En poco tiempo ya no había decisión o asunto que el monarca no consultara con su preciado asesor.
Esto desencadenó los celos de todos los cortesanos que veían en el mendigo una amenaza para su propia influencia y un perjuicio para sus intereses.
Un día todos los demás asesores pidieron audiencia al rey.
-Tu amigo Latif, como tú llamas, está conspirando para derrocarte, dijo uno de ellos.
-No puede ser, dijo el rey. No lo creo.
-Puedes confirmarlo tu mismo, dijeron otros. Todos los días a las cinco de la tarde, Latif se escabulle del palacio hasta llegar a un cuarto donde se reúne a escondidas, no sabemos con quién. Le hemos preguntado a dónde iba y ha contestado con evasivas. Esa actitud terminó de alertarnos sobre su conspiración.
El rey se sintió defraudado y dolido. Debía confirmar esas versiones. Esa tarde en el horario previsto, lo aguardaba oculto en el recodo de una escalera.
Desde allí vio cómo, Latif llegaba a la puerta, miraba hacia los lados, asegurándose de que nadie lo viera, abría la puerta y se escabullía sigilosamente dentro del cuarto.
Seguido de su guardia personal el monarca golpeó la puerta.
-¿Quién es? Dijo Latif.
-Soy yo, el rey, dijo el soberano. Ábreme la puerta.
Latif abrió la puerta. No había nadie allí. Ninguna puerta, o ventana, ninguna puerta secreta, ningún mueble que permitiera ocultar a alguien.
Sólo había en el piso un plato de madera desgastado, en un rincón una vara de caminante y en el centro de la pieza una túnica raída colgando de un gancho en el techo.
-¿Estás conspirando contra mí Latif? Pregunto el rey.
-¿Cómo se le ocurre, majestad? Contesto Latif. De ninguna manera, ¿Por qué lo haría?
-Vienes aquí cada tarde en secreto. ¿Qué es lo que haces aquí? ¿Para qué vienes a este deplorable cuarto en secreto?

Latif sonrió y se acercó a la túnica rotosa y mal oliente que pendía del techo. La acarició y le dijo al rey: -Hace sólo seis meses cuando llegué, lo único que tenía eran esta túnica, este plato y esta vara de madera. Ahora me siento tan cómodo con la ropa que visto, es tan confortable la cama en la que duermo, es tan halagador el respeto que me das y tan fascinante el poder que regala mi lugar a tu lado, que vengo cada día para estar seguro de no olvidarme de quién soy y de dónde vine.

“Nunca debemos olvidar quiénes somos y de dónde venimos, en cierto aspecto la vida se puede transformar en un bumerang y podemos regresar siempre al mismo lugar”