jueves, 29 de septiembre de 2016

VIVIENDO DE LOS RECUERDOS

Juan Santana desde Playa de Arinaga

VIVIENDO DE LOS RECUERDOS  

Voy a intentar enumerar las tiendas que en uno u otro momento estuvieron en Arinaga, pero sin especificar la fecha en la que estuvieron despachando al público las cosas más elementales, como pan, huevos, aceite y otro gran número de cosas, diciendo que a la mayoría de estas las conocían como “Tiendas de aceite y vinagre”.  

Una de ellas era la que llamaban “la tienda de Rosarito”, que al cabo de los años la cogió su hijo Antonio Pérez, al que todos conocíamos como “Tontón”.

Mientras el esposo de Rosarito trabajaba como conductor de camiones para una empresa dedicada al empaquetado del tomate, cosa que le hacía ir a Las Palmas casi a diario, este aprovechaba para traer frutas y verduras frescas para la tienda, cosa que no podían hacer las demás.  Su hijo la convirtió luego en supermercado, más amplio y con mayor variedad de productos.

La otra estaba situada en la esquina contraria a la arriba citada, que le decían “la tienda de Lantigua”, que al igual que las demás, también despachaban copas, pero vendía más cosas, por ejemplo tocino para la comida, latas de conserva, bebidas y todo lo relacionado con el consumo de un hogar.   

Una, que era pequeña fue la de Carmita, la cual, sobre todo en horas de la tarde y noche también servía algún que otro ron a los que se acercaban por allí, aunque en realidad era una tienda de comestibles, pero tengo que reseñar que esta mujer tuvo la primera ubicación de su negocio a orillas de la playa, en el grupo de casas que estaban situadas donde se asienta hoy la sede de protección civil en Arinaga.

      Junto al “bar del Pino” estaba la esposa del dueño de dicho local, a la que conocíamos como “Fabita”, que también tenía una pequeña tienda, pero que al contrario de la de Carmita, esta daba para la carretera principal, por lo que a pesar de estar muy cercanas la una a la otra, cada cual tenía su clientela.  

En la misma playa, donde está hoy “protección civil”, estuvo una tienda pequeña, la cual era propiedad de “los Quevedo, que no vendía mucho, pero los fines de semana abrían el bar que estaba junto a la tienda, donde se reunía bastante gente, sobre todo en el verano, al ser el local más cercano a la zona de bañistas.  

Esta gente procedía de “Los Corralillos”, que era el lugar donde tenían sus terrenos de labranza, pero que formaron parte de los vecinos de la playa al fijar su residencia aquí.   

Cerca del muelle estaba la tienda que regentaban cuatro mujeres, de las cuales tres eran hermanas y la otra era la hija de una de ellas, concretamente a la que conocíamos como “Catalinita”, siendo el nombre de su hija el de “Juanita”. 

         En esa tienda estaban siempre haciendo los típicos manteles bordados, pero a mediodía pasaban al bar. Que tenían junto a la tienda, que era una superficie pequeña, siendo visitada por una clientela asidua, la cual le facilitaba un buen negocio. 

Los lugareños conocían estos dos locales como “el de las Catalinas”, aunque hoy en día los inquilinos del bar le pusieron “la Universidad”, que son los que abren los fines de semana ese pequeño local, que se resiste a cerrar sus puertas definitivamente.

Muy cerca de allí estaba el bar. Y tienda de Miguelito, a donde acudían para echar una partida a las cartas unos clientes asiduos, se tomaban unas copas y así pasaban el rato. 

         Era uno de los dos locales que vendían en exclusiva las pequeñas “bombonas de gas” de color verde y las de color rojo, las cuales se fabrican todavía.

          Era conocido este sitio por la manera que ideó su dueño para tener claridad y ventilación, ya que sus puertas las fabricó con unas rejas, pasando a denominarse por la gente como “el bar de las rejas”. 

Si seguimos hacia arriba por esa calle “Alcalá Galiano”, en la confluencia de esta calle con la de “Avenida Polizón”, nos encontrábamos con la tienda de Manolito Vega, que al igual que la de Rosarito, también derivó en supermercado, cuando su hijo Juan se hizo cargo de la misma.
   
A pesar de estar fuera de la señal de tráfico que delimita el comienzo del pueblo, me referiré ahora a la pequeña tienda que había en “el 1”, donde a duras penas se mantenía la “tienda de Aguedita”, la cual evitaba que los vecinos cercanos tuviesen que ir hasta la playa para comprar por ejemplo un paquete de azafrán o cualquier otra pequeña cosa que les hiciera falta para la comida. 
Es por eso que la cito aquí, para dejar constancia de que estuvo en ese lugar.  

Sé porque mi difunto padre me lo llegó a decir, que hubo otra tienda, muy cerca de la casa de Laureano MENA, pero creo que con esto queda demostrado que Arinaga tuvo una buena cantidad de locales dedicados a la venta de comestibles y que cada uno tenía una clientela fiel, en aquellos años que podías decir: ¡Se lo apunta a mi madre! 

Pido disculpas si alguna he pasado por alto, pero no es mi intención.
  

Juan Santana Méndez 

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