viernes, 22 de abril de 2016

PIEDAD

Las historias de Juan Santana
“PIEDAD”

    No quisiera que nadie pensara que por el título que he puesto a este documento, es porque quiero pedir clemencia, ya que me centro tan solo en lo que me sugiere dicho nombre, el cual ya no se utiliza como antaño. 

     Y es que la afirmación de que somos como máquinas no resulta nada descabellado, porque a veces sucede que al escuchar una sola palabra, esta actúa como una clave, la cual activa en nuestro cerebro una serie de vivencias y cosas con la que puedes compararlas, siendo este mi caso con la citada palabra “piedad”.  

     Pensamos que “piedad” es algo que deben tener con nosotros y ya está, pero lo de que debamos tenerla con los demás, eso ya es otro cantar, poniendo condiciones para ello, aunque no la ponemos para con nosotros.

     Ya dice el refrán popular que “no es lo mismo predicar que dar trigo”, por lo cual exigimos tan solo a los demás, pensando que nosotros tenemos más derecho que el prójimo, pues ¡faltaría más!
     
     Es por eso que la piedad es relativa, porque ante un mismo caso, solemos cambiar nuestra opinión si la persona que la pide es de raza blanca o no lo es, también si es de aquí o por el contrario es inmigrante, en cuyo caso ni siquiera se nos ocurre plantearnos la posibilidad de pensarlo.

   En ninguno de los casos debemos confundir la piedad con la condescendencia, porque podríamos caer en el error de perdonar al que se extralimite en sus funciones.

       Es por eso que pienso que lo de ser juez es algo complicado, al no tener nunca la certeza de saber si nuestro veredicto es el más correcto.

     Para la mayoría de los católicos, cuando acudimos a misa, decimos: “Señor ten piedad; Cristo ten piedad”, pero en este caso se puede decir que pedimos, pero no practicamos la caridad, por el sencillo hecho de que pedimos la piedad sin que se nos impongan condiciones, cosa que no hacemos cuando nos la piden.

     Con esto no quiero generalizar, pero todos y cada uno de nosotros deberíamos indagar en nuestro interior si la damos con la misma facilidad que la pedimos.

        En conclusión, que al pedir algo, nos tendremos que poner en el lugar del otro, preguntándonos si nosotros seremos capaces de dar en el caso de que se nos pida algo que sí tengamos.

Juan Santana Méndez

       

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