jueves, 13 de agosto de 2009

CARTAS AL VIENTO: MUJERES





El lunes pasado estuve en Triquivijate (Fuerteventura). Igual que yo, otras muchas personas estaban allí, emocionadas, en el homenaje merecidísimo a Nenita Jordán, una mujer de 85 años. Resultaba fácil hablar de una mujer a quien la edad y la dureza de la vida habían ido encorvando. Parecía que ya sólo podía mirar al suelo, ella que siempre supo compaginar su compromiso con la gente de la tierra y con el Dios del cielo. Que hablaba con la misma naturalidad de la oración, que de la denuncia a los que abusan de los inmigrantes con contratos de miseria o los que se valen del poder para humillar a los más desfavorecidos..
Recordando a la ya ausente Nenita, venían a mi mente multitud de mujeres de Iglesia que, como ella, tienen una mentalidad abierta, libre y comprometida. Me parece injusto que algunas personas, de entrada, identifiquen a la gente de Iglesia con el inmovilismo o la pasividad. Y más injusto todavía que se califique a la mujer que hace un servicio voluntario en la comunidad cristiana, como la mujer sumisa o sin criterios propios. Nada de eso ocurría en Nenita y nada de eso ocurre en mujeres que llevan una gran responsabilidad en parroquias e instituciones de Iglesia. Paqui Bonny, en Caritas Diocesana, es un ejemplo de mujer comprometida, libre y valiente. Y como ella, otras mujeres que, desde las parroquias, expresan un talante luchador y reivindicativo como Lourdes Bravo en Tamaraceite o Antoñita Mª Morales en Carrizal.
Es verdad que no todo está hecho y que la Iglesia tiene que dar una mayor participación y responsabilidad a la Mujer. Es cierto también que, como en todas las instituciones, hay quienes intentan poner frenos y dificultades para que la mujer realice el papel que le corresponde. Esa es la historia. Hoy la Liturgia recuerda a una Mujer que, desde la humildad y espíritu de servicio, lanza un grito a favor de los pobres bendiciendo a Dios porque “derriba del trono a los poderosos, porque despide sin nada a los ricos mientras llena de bienes a los que pasan hambre”. Ese es el grito que sigo escuchando en muchas cristianas que, sin espíritu de odio ni de venganza, recuerdan al mundo y a la Iglesia su responsabilidad frente a los pobres y frente a la mujer. No para animarles a la venganza, sino para pedir que se haga justicia. Que ninguna persona sea discriminada, que vayan cayendo las tradiciones en las que a veces nos refugiamos para perpetuar situaciones injustas.
El recuerdo de Nenita Jordán, mujer creyente y luchadora, cercana a los más débiles de su tierra, que cuanto más miraba al suelo más cerca estaba de Dios, me hace exclamar hoy con María y las mujeres del mundo: “Mi alma engrandece al Señor y mi Espíritu se alegra en Dios mi Salvador”.

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