domingo, 9 de agosto de 2009

CARTAS AL VIENTO: YO NO ME DOY POR VENCIDO



Me contabas, Rita, mientras hacíamos juntos el Camino de Santiago, que te resultaba muy doloroso hacer tantos kilómetros día a día. Pero que no te rendías, qué va; Tenías los pies hinchados y la planta llena de ampollas. Casi tenías que caminar a saltos para no herirte más. Y sin embargo te sonreías, cantabas, animabas a los demás y repetías a toda hora: Yo no me rindo, tengo que llegar a Santiago. Y yo aprovechando una canción de moda te tarareaba:
Yo, yo no me doy por vencido. Yo quiero un mundo contigo.
Y llegaste a Santiago, Rita, con la misma fuerza y alegría de los otros jóvenes que habían iniciado la ruta. Pero después vino para ti, como para otros muchos, el otro camino, el más difícil todavía. De repente a los pocos días, todavía sangrando los pies, la vida te pone la prueba más dura quitándote lo más querido, tu madre. Ya no te duelen los pies porque ahora sangra el corazón y el alma. Y te parece a ti y a tu padre y a tu hermano y a tus amigos, que no puedes seguir adelante y es mentira porque sí puedes seguir, sí pueden seguir. Porque si no estabas sola en el Camino de Santiago, en el camino de la Vida menos lo van a estar. Dios no les abandona porque Dios se llama Tania, Iván, Joan, Elena, Borja, Conchi y toda esa gente buena que Dios ha puesto en el camino para curar tus heridas, todas. Para acompañarte y para demostrarte que te quieren. Ni Dios les ha abandonado a ustedes ni Dios ha dejado sola a tu madre.
A veces, cuando a mí las cosas no me salen bien o cuando le van mal a mis amigos, también yo pregunto a Dios que por qué. Que por qué a mí o a mis amigos. Que por qué permite estas cosas. Y encuentro la respuesta en la biblia. A mí me consuela y ayuda leer unas palabras de un profeta llamado Habacuq que, con un lenguaje poético, decía estas mismas verdades que intento transmitirte: “Aunque la higuera no echa yemas y las viñas no tienen fruto; aunque el olivo olvida su aceituna y los campos no dan cosechas, aunque se acaban las ovejas del redil y no quedan vacas en el establo, yo seguiré bendiciendo al Señor; Él me da piernas de gacela y me hace caminar”:
Ahora, desde el cielo tu madre, nuestras madres, siguen velando por nosotros y curando nuestras heridas. Seguimos el camino. Con más ilusión, con más fuerza. Porque la fuerza te viene de Dios. Que el dolor no te haga perder la sonrisa, la alegría y las ganas de hacer bien: ella siguió el camino para encontrarse con Dios. A ella, y a ti, les decimos como cuando nos dirigíamos a Santiago: ¡Buen camino! Y no olvides seguir bendiciendo al señor aunque la vida te juegue tan malas pasadas. Yo te lo seguiré recordando.

Yo, yo no me doy por vencido
Yo quiero un mundo contigo
Juro que vale la pena esperar,
y esperar y esperar un suspiro
Una señal del destino
No me canso, no me rindo,
no me doy por vencido.

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