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lunes, 15 de septiembre de 2014

DÍA DE LA CRUZ, DÍA DE LA VIRGEN DE LOS DOLORES

EN EL DÍA DE LA CRUZ,

DÍA DE LA VIRGEN 

DE LOS DOLORES
           Este Cristo de la foto que les muestro tiene su historia. 
     Todo empezó hace muchos años. Hacía poco que me habían ordenado sacerdote y estaba de cura en Lanzarote. Un día, en medio de un montón de escombros, descubrí un Cristo sin cruz. Y no un Cristo completo. Le faltaba un brazo. Cogí aquel "trozo" de crucificado sin cruz y desde entonces me acompaña. Al principio quise hacerle una cruz, pero ninguna me gustaba. Realmente, las cruces, si son de verdad, nunca gustan. Poco a poco me fui acostumbrando a mi  Cristo sin cruz. Pero, ¿qué hacer con las cruces que había buscado para la imagen mutilada de Jesús? 
        Así empezó mi colección. Ahora tengo unas quinientas cruces, de casi todos los tamaños. Pienso que están significando unas quinientas auténticas cruces de las que debo responsabilizarme. Algunas las descubrí en Bolivia y Guatemala, otras aquí en mi tierra. Cruces de enfermedad, de violencia, de miseria, de  soledad, de dolor, de tristeza... Colecciono los dos tipos de cruces. Unas me recuerdan a las otras. Cuando en mi casa del Burrero contemplo las paredes llenas del signo con el que más me identifico, pienso en Jesús. Todas esas cruces son las de Jesús. Él está desclavado y destrozado porque su cruz está repartida por todo el mundo. A mí, a todos, nos toca ser un trocito de esa cruz. Todos somos “lignum crucis”. 
        Con estos pensamientos estuve esta tarde.
        Sigo coleccionando cruces: las que me traen mis amigos al regresar de algún viaje. Y las que voy encontrando a mi paso por la vida, De Malawi o de Galicia. De Teror o de Lanzarote. Y mis propias cruces personales. Cruces. Ojalá pueda ayudar a cargar alguna de ellas.


jueves, 15 de septiembre de 2011

HOY, DÍA DE LA VIRGEN DE LOS DOLORES

SECUENCIA DE LA MISA DE

LA VIRGEN DE LOS DOLORES




La Madre piadosa estaba
junto a la cruz y lloraba
mientras el Hijo pendía;
cuya alma, triste y llorosa,
traspasada y dolorosa,
fiero cuchillo tenía.

¡Oh cuán triste y cuán aflicta
se vio la Madre bendita,
de tantos tormentos llena!
Cuando triste contemplaba
y dolorosa miraba
del Hijo amado la pena.

Y ¿cuál hombre no llorara,
si a la Madre contemplara
de Cristo, en tanto dolor?
¿Y quién no se entristeciera,
Madre piadosa, si os viera
sujeta a tanto rigor?

Por los pecados del mundo,
vio a Jesús en tan profundo
tormento la dulce Madre.
Vio morir al Hijo amado,
que rindió desamparado
el espíritu a su Padre.

¡Oh dulce fuente de amor!,
hazme sentir tu dolor
para que llore contigo.
Y que, por mi Cristo amado,
mi corazón abrasado
más viva en él que conmigo.

Y, porque a amarle me anime,
en mi corazón imprime
las llagas que tuvo en sí.
Y de tu Hijo, Señora,
divide conmigo ahora
las que padeció por mí.

Hazme contigo llorar
y de veras lastimar
de sus penas mientras vivo;
porque acompañar deseo
en la cruz, donde le veo,
tu corazón compasivo.

¡Virgen de vírgenes santas!,
llore ya con ansias tantas,
que el llanto dulce me sea;
porque su pasión y muerte
tenga en mi alma, de suerte
que siempre sus penas vea.

Haz que su cruz me enamore
y que en ella viva y more
de mi fe y amor indicio;
porque me inflame y encienda,
y contigo me defienda
en el día del juicio.

Haz que me ampare la muerte
de Cristo, cuando en tan fuerte
trance vida y alma estén;
porque, cuando quede en calma
el cuerpo, vaya mi alma
a su eterna gloria. Amén.