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martes, 31 de diciembre de 2013

ORACIÓN PARA EL FIN DE AÑO




En estos últimos momentos del año que hoy termina,
heme aquí, Señor, en el silencio y en recogimiento
para decirte GRACIAS,
para solicitarte: AYUDA,
para implorarte: PERDÓN.
GRACIAS,
Señor por la paz, por la alegría,
por la unión que los hombres, mis hermanos, me han brindado,
por esos ojos que con ternura y comprensión me miraron.
Por esa mano oportuna que me levanté,
por esos labios cuyas palabras y sonrisa me alentaron,
por esos oídos que me escucharon,
por ese corazón que amistad, cariño y amor me dieron.
Gracias, Señor por el éxito que me estimuló,
por la salud que me sostuvo,
por la comodidad y diversión que me descansaron.
Gracias, señor... me cuesta decírtelo...
por la enfermedad, por el fracaso, por la desilusión,
por el insulto, por el engaño, por la injusticia,
por la soledad, por el fallecimiento del ser querido.
Tu lo sabes, Señor, cuán difícil fue aceptarlo;
quizá estuve al punto de la desesperación,
pero ahora me doy cuenta
que todo esto me acercó más a Ti.
¡Tú sabes lo que hiciste!
Gracias, Señor, sobre todo por la fe
que me has dado en Ti y en los hombres.
Por esa fe que se tambaleó
pero que Tú nunca dejaste de fortalecer
cuando tantas veces encorvado bajo el peso del desánimo
me hizo caminar en el sendero de la verdad
a pesar de la obscuridad.

AYUDA
Te he venido también a implorar
para el año que muy pronto va a comenzar.
Lo que el futuro me deparará, lo desconozco Señor.
Vivir en la incertidumbre, en la duda,
no me gusta, me molesta, me hace sufrir.
Pero sé que Tú siempre me ayudarás.
Yo te puedo dar la espalda. Soy libre.
Tú nunca me la darás. Eres fiel.
Yo sé que me tenderás la mano.
Tu sabes que yo no siempre la tomaré.
Por eso, hoy te pido que me ayudes a ayudarte,
que llenes mi vida de esperanza y generosidad.
No abandones la obra de tus manos. Señor.

PERDÓN
No podría retirarme sin pronunciar
esa palabra que tantas veces,
te debí de haber dicho,
pero que por negligencia y orgullo he callado,
perdón, Señor, por mis negligencias,
descuidos y olvidos, por mi orgullo y vanidad,
por mi necedad y capricho,
por mi silencio y mi excesiva locuacidad.
Perdón, Señor, por prejuzgar a mis hermanos,
por mi falta de alegría y entusiasmo,
por mi falta de fe y confianza en Ti,
por mi cobardía y mi temor en mi compromiso.
Perdón, porque me han perdonado
y no he sabido perdonar.
Perdón por mi hipocresía y mi doblez,
por esa apariencia que con tanto esmero cuido
pero que en el fondo no es más que engaño a mi mismo.
Perdón por esos labios que no sonrieron,
por esa palabra que callé,
por esa mano que no tendí,
por esa mirada que desvié,
por esos oídos que no presté,
por esa verdad que omití,
por ese corazón que no amó
... por ese Yo que se prefirió.

Señor, no te he dicho todo.
Llena con tu amor mi silencio y cobardía.
GRACIAS por todos los que no te dan gracias.
AYUDA a todos los que imploran tu ayuda.
PERDÓN por todos los que no imploran perdón.
Me has escuchado... ahora, Señor, te escucho...
Amen.

domingo, 30 de diciembre de 2012

CARTA AL VIENTO. LLEGA 2013: QUE DIOS NOS COJA CONFESADOS

CARTA AL VIENTO

 
Llega 2013: Que Dios nos coja confesados

Cuando éramos pequeños, al menos en mi tiempo, al salir de casa o ir de viaje era costumbre pedir “la bendición” al padre y a la madre. Y pedir la bendición era una especie de garantía que daba mucha tranquilidad a quien la pedía y a quien la daba. Y aunque parezca una costumbre trasnochada, he podido comprobar que todavía hay bastantes niños y adolescentes que siguen solicitando la bendición de sus padres para salir de su casa o para emprender alguna tarea “arriesgada” como un examen… Tal vez en muchas familias se ha perdido esta costumbre porque resulta fácil y cómodo renunciar a lo antiguo como si fuera sinónimo de malo.


Dar la bendición es, sencillamente, desear el bien. No es patrimonio de los cristianos pues tiene validez para todas las personas. Los creyentes, además, piden a Dios protección para la persona que lo solicita. Por eso la madre, el padrino o el abuelo, a la solicitud de bendición respondían a veces haciendo un gesto cariñoso como poner la mano en la cabeza y decir: Que Dios te bendiga. La costumbre de bendecir está ya en la Biblia, en el antiguo Testamento. El libro de los Números explica una forma bonita de desear el bien: “Que el Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor; el Señor se fije en ti y te conceda la paz”.


En mi infancia era normal que, al ver a un sacerdote por la calle, los niños se acercaran a pedirle la bendición. Hoy, en una sociedad más secularizada, muchos siguen pidiendo la bendición pero con otros términos: Deséame suerte, que mañana tengo un examen. O creyendo en algo mucho más difícil que creer en Dios. Recibes en el móvil , por ejemplo, un mensaje diciendo que si lo envías a diez personas vas conseguir no sé cuánto dinero y suerte en casi todo. O, peor todavía, hay quienes ponen su confianza en un charlatán que en la televisión adivina tus problemas y, sobre la marcha, encuentra la solución. Todo, claro está, previo pago de una llamada a precio de oro.


El año 2013 está aquí al lado. Y viene difícil según todos los indicios. Puede uno intentar que no sea tan malo invocando a Rajoy o a Paulino Rivero, cosa de la que no me fío en absoluto. O atragantándose con uvas y deseos, que es una mezcla absurda. O sencillamente uniendo voluntades, oración y buenos deseos pidiendo que Dios y nuestros seres queridos nos bendigan, que nos deseen el bien. Yo me apunto a esta última.


Amigos lectores, que en este nuevo año el Señor les bendiga y les proteja, se fije en ustedes y les conceda vivir en paz. Porque si no, como me recordaba Mario hace unos días, que Dios nos coja confesados.