lunes, 28 de noviembre de 2016


Escribe Juan Santana desde Playa de Arinaga
COMO LAS VACAS EN LA INDIA

Quisiera tratar aquí el tema de los pinos en la playa, que los trajeron del norte, pero que para los habitantes de Arinaga, si me permiten la expresión, resultó un verdadero suplicio, porque no se podían tocar, bajo pena de sanción económica.       Casi antes de trabajar los solares, las autoridades competentes habían decidido plantar pinos en lo que un día serían las calles de Arinaga, que fueron dicha y gozo para algunos, pero para la mayoría fue un verdadero problema.  Era una variedad de pino, catalogada como “pinos marinos”, que en algunas ocasiones y después de acabar la construcción de la vivienda, resulta que les quedaba casi delante de la puerta, pero que se tenían que aguantar, porque era más delito arrancar uno de esos ejemplares que asaltar un banco.
Cuando los trajeron, venían dentro de unas pequeñas bolsas, que después de abrir el pertinente hoyo, era quitada, depositando el pino en el hueco, abierto para albergar al citado árbol.       Podían estar durante una temporada sin recibir agua, viviendo tan solo con la escarcha, que en las islas le llaman “relentadas”.
Algunos ejemplares se desarrollaban con el tronco fino, aunque por el contrario, había muchos con el tronco grueso, cogiendo además bastante altura, viniéndome ahora a la memoria, dos de ellos, que estaban frente a la casa del dueño del “bar del Pino”, que era aprovechado por un vecino cercano, de pocos años de edad en esa época, el cual se subía casi hasta arriba, para así aprovechar esa altura para mirar por las ventanas de la casa, espiando así a todos sus miembros, en especial a las de sexo femenino.
Esos árboles si tenían el tronco grueso, que al arrancar los pinos, unos años después, un vecino, marinero de profesión, los cortó en tramos de un metro aproximadamente, para fabricar unos “parales”, que eran utilizados para varar el barco, poniéndolos debajo, haciendo que la quilla del barco no cayera al suelo, desplazándose el barco sobre ellos. Tenía que hacerles una empuñadura, aparte de rebajarlos en el centro, pero con la “zuela”, que es una herramienta de los carpinteros, se las veía y se las deseaba para quitarles un poco siquiera. El problema con esos parales, es que eran muy pesados, por lo que no se podían poner mientras el barco tuviera agua debajo, porque no flotaban como los otros, por ser muy pesada esa madera, aunque a dureza no había quien le ganara.   
Para ganarte una multa por partir una pequeña rama de un pino, tampoco era necesario que te viera un guardia, sino que bastaba con la denuncia de un vecino, cosa que hacía a estos ejemplares, una especie “intocable”, porque ya sabías a lo que te exponías al causarle el mínimo daño. 
Y es que lo de la multa no es ninguna invención mía, por si alguien lo piensa, ya que sé de una familia, desaparecidos los progenitores, que tuvieron que pagar esa multa, ya que su hija mayor partió una pequeña rama de un pino, el cual estaba situado dentro de una terraza, en la confluencia de las calles Juan de la Cosa con Avenida Polizón.
Por cierto, los ejemplares más altos, por estar mejor cuidados, estaban en el interior de unas terrazas, situadas a lo largo de la Avenida Polizón, que por cierto y haciendo un pequeño paréntesis, diré que eran casi treinta, las terrazas que había. La mayor parte de ellas, por no decir todas, estaban en terreno cogido a la vía pública, que fueron instaladas con la condición de que había que desalojarlas, al cambiar o ampliar la carretera principal.           
   Por eso, cuando pusieron aceras nuevas y más amplias, todas las terrazas fueron derribadas, cayendo así también los pinos que en ellas había.
Muchos vecinos vieron como eran talados aquellos pinos, que en fechas no tan lejanas en el tiempo, fueron tratados como reyes, pero que ahora acababa su reinado, aunque quedaron algunos ejemplares repartidos por unos solares particulares del pueblo y en el colegio de Secundaria de Arinaga.

Juan Santana Méndez  

     

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