sábado, 20 de febrero de 2016

Las historias de Juan Santana (Playa Arinaga)



INSOLIDARIO CON LOS DEMÁS  

En la zona de la playa, con la antigua Avenida marítima, había una carretera interior en la que pusieron las rejas de hierro que van en el suelo para desahogo del agua de lluvia algo altas, por lo que en el trayecto que iba desde la casa del médico, don Francisco Monroy hasta casi la actual ubicación de la Terraza los barquillos, se formaba un gran charco de agua y barro que duraba hasta una semana.

         El problema lo causaba, además de la lluvia, por supuesto, la errónea situación en la que habían colocado esas rejas para que sirvieran como absorción de los posibles charcos, para que así fueran al mar y el suelo quedara transitable.

Pienso que la decisión de convertir en Avenida lo que antes fue carretera, en parte se debe a estas situaciones, ya que además de poner mejor tránsito para personas, también hay más huecos por donde el agua de la lluvia pasa al alcantarillado, por lo que no se nota nada de lo que antes sucedía.

 Pero pasando a los tiempos de los charcos, resulta que estaban una tarde algunos vecinos sobre la Avenida, discutiendo la manera de acabar con aquello, cuando se acercó un coche a toda velocidad, pero en vez de aminorar la marcha con el agua, su conductor siguió como si tal cosa, sin respetar que estaba mojando a la gente que había pillado de sorpresa. 

         Pero es seguro que no recordaba que su vehículo se movía con gasolina, por lo que a mitad de la charca se le mojaron las “bujías”, que son piezas que si se mojan se interrumpe la corriente en el motor, por lo que se para al momento.

Cuando el conductor se vio allí en el medio y con el motor parado, con enorme caradura mira a los hombres que había mojado y pregunta: ¿Puede alguno empujar mi coche, por favor?  
Las miradas de aquellas personas se lo dijeron todo, desde el no hasta el insulto.

Entonces abrió la puerta del auto, se despojó de sus zapatos y de sus calcetines, bajando a continuación para empujar “él solito” su coche.

Luego, al salir del charco, no sin esfuerzo, volvió a subir y se marchó de allí como una avioneta, pues escuchaba tras de sí las risas de los que un rato antes habían sido sus víctimas.


Juan Santana Méndez

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