Escribo desde mi parroquia en Arinaga y Cruce de Arinaga. Estoy aquí pero también estoy, de corazón, en Tamaraceite donde viví catorce semanas santas, catorce jueves santos como el de hoy.
Este jueves santo lo celebro con otra gente a la que también aprecio y con unos y otros me gustaría repetir ese gesto que esta tarde hacemos en las misas: Lavar los pies. Yo sé que antes en Tamaraceite y ahora en el sur donde estoy, tengo la oportunidad de lavar los pies a un grupo de creyentes, personas amigas, niños y adultos, gente buenísima, religiosa, cercana. Es agradable lavarle los pies, servir, ayudar a las personas que uno quiere.
Pero tengo otra gente a la que hoy me gustaría lavarle los pies.
A Carlos, aquel señor forastero que apareció un día por la casa parroquial, pidiendo mejor dicho exigiendo que le diese dinero para la guagua… Me gustaría haberle podido atender mejor, haberle lavado los pies, es decir escucharle, orientarle, animarle.
A Angelito el de Tamaraceite que no había acabado de desengancharse y que siempre te pedía para un café o para un bocadillo y que uno sabía que no era para lo uno ni para lo otro. Lavarle los pies no significa darle dinero, pero tampoco decirle que no sin más. Me gustaría poder estar más cercano y decirle que Dios lo quiere y desea ayudarle y que en la parroquia también le quieren y que quieren ayudarle sin limosnas para bocadillos ni para droga sino con lo que necesite para desengancharse y para vivir dignamente.
Al joven rumano, los sábados y domingos delante de la puerta de la iglesia con un cartel solicitando ayuda y sin pronunciar palabras. Recibió algunos euros y algunas miradas de indiferencias y algún reproche y algún consejo. Y yo sé que no basta, porque lavar los pies no es sólo eso.
Y a Miguel, el muchacho de apenas 16 años que llegó a la iglesia cuando estábamos reunidos y me dijo “Estoy buscando a Dios” y le invitamos a sentarse con nosotros y formar parte del grupo para preparar la semana santa. No sé si sigue buscando a Dios. Me gustaría lavarle los pies, saber orientarle, ayudarle, animarle.
Y a Dahelire, Miriam , Adriana, Josimar, David y otros jóvenes del barrio. Lavarles los pies y animarles a no abandonar el camino emprendido, ponerme a disposición de ellos para servirles, para escucharles, para ayudarles.
A la señora pesada que me cuenta historias, que me cansa, que me habla de lo que no quiero, que no me entiende cuando le hablo, que me interrumpe, que aparece siempre inoportunamente. Lavarle los pies a ella es reconocer mis fallos, mi impaciencia, mis egoísmos. Quiero lavarle los pies.
A Pedro que me traía el periódico a la casa o a Iraida y Marcelo que me lo venden ahora cada mañana con una sonrisa gratuita, A Agustín el sacristán, a Pepita y a Dámaso que me han hecho y hacen más llevadero el trabajo de la parroquia, a mis hermanos y mis sobrinos siempre atentos con el hermano y tío cura, a Esteban, a Gloria, a Luis, a Pepe, a los cientos de personas que han pasado por esta emisora…. ¡A cuántas personas tengo y quiero lavar los pies esta tarde y todos los días!
Hoy es Jueves Santo, día del Amor fraterno y cuando esta tarde me incline a lavar los pies a un grupo de cristianos, todas estas personas y todos ustedes, estarán también allí. Esto que yo hago con ustedes…. -Esto no lo digo yo, que lo dice el Señor- háganlo también ustedes a los demás. Laven los pies, sirvan, ayuden, respeten, escuchen, amen. Ese es el sentido de nuestro día.
Desde aquí, desde este rinconcito de Agüimes al lado de mi Ingenio natal, reafirmo hoy mi deseo de seguir siendo sacerdote, de seguir siendo amigo, de querer seguir sirviendo. También yo necesito que me laven los pies y que me animen y me ayuden. Lo mejor es que nos lavemos mutuamente los pies. Que nos sirvamos y ayudemos mutuamente.
El Señor es hoy quien se pone en nuestras manos para servirnos. Dejémonos lavar los pies por Jesús.
Este jueves santo lo celebro con otra gente a la que también aprecio y con unos y otros me gustaría repetir ese gesto que esta tarde hacemos en las misas: Lavar los pies. Yo sé que antes en Tamaraceite y ahora en el sur donde estoy, tengo la oportunidad de lavar los pies a un grupo de creyentes, personas amigas, niños y adultos, gente buenísima, religiosa, cercana. Es agradable lavarle los pies, servir, ayudar a las personas que uno quiere.
Pero tengo otra gente a la que hoy me gustaría lavarle los pies.
A Carlos, aquel señor forastero que apareció un día por la casa parroquial, pidiendo mejor dicho exigiendo que le diese dinero para la guagua… Me gustaría haberle podido atender mejor, haberle lavado los pies, es decir escucharle, orientarle, animarle.
A Angelito el de Tamaraceite que no había acabado de desengancharse y que siempre te pedía para un café o para un bocadillo y que uno sabía que no era para lo uno ni para lo otro. Lavarle los pies no significa darle dinero, pero tampoco decirle que no sin más. Me gustaría poder estar más cercano y decirle que Dios lo quiere y desea ayudarle y que en la parroquia también le quieren y que quieren ayudarle sin limosnas para bocadillos ni para droga sino con lo que necesite para desengancharse y para vivir dignamente.
Al joven rumano, los sábados y domingos delante de la puerta de la iglesia con un cartel solicitando ayuda y sin pronunciar palabras. Recibió algunos euros y algunas miradas de indiferencias y algún reproche y algún consejo. Y yo sé que no basta, porque lavar los pies no es sólo eso.
Y a Miguel, el muchacho de apenas 16 años que llegó a la iglesia cuando estábamos reunidos y me dijo “Estoy buscando a Dios” y le invitamos a sentarse con nosotros y formar parte del grupo para preparar la semana santa. No sé si sigue buscando a Dios. Me gustaría lavarle los pies, saber orientarle, ayudarle, animarle.
Y a Dahelire, Miriam , Adriana, Josimar, David y otros jóvenes del barrio. Lavarles los pies y animarles a no abandonar el camino emprendido, ponerme a disposición de ellos para servirles, para escucharles, para ayudarles.
A la señora pesada que me cuenta historias, que me cansa, que me habla de lo que no quiero, que no me entiende cuando le hablo, que me interrumpe, que aparece siempre inoportunamente. Lavarle los pies a ella es reconocer mis fallos, mi impaciencia, mis egoísmos. Quiero lavarle los pies.
A Pedro que me traía el periódico a la casa o a Iraida y Marcelo que me lo venden ahora cada mañana con una sonrisa gratuita, A Agustín el sacristán, a Pepita y a Dámaso que me han hecho y hacen más llevadero el trabajo de la parroquia, a mis hermanos y mis sobrinos siempre atentos con el hermano y tío cura, a Esteban, a Gloria, a Luis, a Pepe, a los cientos de personas que han pasado por esta emisora…. ¡A cuántas personas tengo y quiero lavar los pies esta tarde y todos los días!
Hoy es Jueves Santo, día del Amor fraterno y cuando esta tarde me incline a lavar los pies a un grupo de cristianos, todas estas personas y todos ustedes, estarán también allí. Esto que yo hago con ustedes…. -Esto no lo digo yo, que lo dice el Señor- háganlo también ustedes a los demás. Laven los pies, sirvan, ayuden, respeten, escuchen, amen. Ese es el sentido de nuestro día.
Desde aquí, desde este rinconcito de Agüimes al lado de mi Ingenio natal, reafirmo hoy mi deseo de seguir siendo sacerdote, de seguir siendo amigo, de querer seguir sirviendo. También yo necesito que me laven los pies y que me animen y me ayuden. Lo mejor es que nos lavemos mutuamente los pies. Que nos sirvamos y ayudemos mutuamente.
El Señor es hoy quien se pone en nuestras manos para servirnos. Dejémonos lavar los pies por Jesús.
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