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sábado, 9 de mayo de 2015

CARTA AL VIENTO: LA VOZ DE LOS CURAS

CARTA AL VIENTO
LA VOZ DE LOS CURAS

El wasap de mi sobrina Sara, me hizo cambiar de lugar, aunque no soy muy amigo de la pantalla chica: Ponte a ver la tele. Hay un sacerdote concursando en “La Voz”. Deberías ver su actuación. Canta que no veas, se llama Damián. Hice caso a mi sobrina, como casi siempre, y allí me puse, delante del televisor. Me gustó. Y más aún cuando, buscando en Internet, supe que es misionero redentorista  y que ha estado en la India y en Honduras. Y que ha manifestado que, lo que realmente le importa,  es " transmitir, a través de la música,  el amor en el mundo".
Entre los curas, como ocurre en todas las actividades humanas, encontramos de todo. Pero lo positivo es mucho más,  aunque a veces,  por lo que uno oye,  parezca que la balanza se inclina al otro lado. Ocurre igual que con los  políticos, ahora ya en campaña para las elecciones. Se comentan los abusos de poder o la insensibilidad de algunos que nos gobiernan y los muchos tristes casos de corrupción. Pero es injusto generalizar. No todos los políticos son corruptos. No todos los que aparecen en las listas andan buscando su propio beneficio. Al contrario. Estoy convencido de la honradez de la mayoría de los que gobiernan en nuestros municipios.
Creo que, a través de la música, del sacerdocio y de la política se puede transmitir un mensaje profundo de  amor y muchas veces se transmite. Hace unos días leí la entrevista que en Cataluña hicieron a un cura de Gran Canaria. El titular era muy significativo: “Paco Padrón, el cura que se para a hablar con la gente”. Me gustó. En esta época en la que todos andamos a la carrera es un valor importante que muchas personas encuentren tiempo para hablar y para escuchar. Como interesante y signo de entrega me ha parecido el testimonio del ex cura de Temisas, Antonio Cerpa, que ha contado su experiencia  en el libro “La dignidad conquistada. Memoria de una lucha contra el abandono y las injusticias. Temisas 1968-1971”.  Tal vez muchos sacerdotes de nuestra tierra podrían contar y cantar también sus luchas, sus trabajos y  sus sacrificios por la gente de nuestros pueblos y ciudades. Aunque lo conseguido no haya sido tanto. O que no se hayan parado a hacer balance de su trabajo.
Precisamente hace sólo unos días un grupo de curas celebraron sus 50 o 25 años de servicio a los demás: Paco Martel, Diego Monzón, Julio Sánchez, Vicente Santana, Pepe Mejías y Julio Roldán. Hombres que, con algunos defectos como todos los humanos, siguen sembrando con entusiasmo el amor gratuito y generoso, queriendo a la gente, sintiéndose servidores desde su tarea en la parroquia o el hospital o la investigación. Aunque a veces no se les reconozca.
Los curas, salvo alguna excepción como Damián, no van a la tele. Pero andan por ahí, cada uno con sus peculiaridades, poniendo  voz y vida al evangelio. Son tiempos nada fáciles que exigen mucha dedicación y entusiasmo para no caer en el desánimo que es la tentación que acecha a todos los que hacen un servicio público.  Tienen que escuchar elogios, pero también críticas duras.  Me alegra escuchar palabras bondadosas para los sacerdotes y para los trabajadores de la salud y de la enseñanza. Me gusta escuchar buenas cosas de toda la gente. También me gusta darlas a conocer.
Este domingo se celebra el día de San Juan de Ávila, patrono de los sacerdotes españoles. Dicen de él que, además de ser un predicador incansable, transmitía  dulzura.  Por esa razón  muchos se acercaban a la Iglesia y a Dios.

Por eso, algún día, hoy mismo, cuando escuche una homilía acertada o el testimonio de un cura amable, trabajador y cercano enviaré un wasap a mi sobrina Sara, que no es muy amiga de misas,  para decirle:   Ven a esta parroquia.  Hay un sacerdote que llega muy adentro. Deberías verlo. Celebra y trabaja por los demás que no veas. No canta, pero encanta. 

martes, 29 de mayo de 2012

UN CUENTO DE JORGE BUCAY: El Anillo

EL  VALOR DEL ANILLO
Cuento de Jorge Bucay

Un joven concurrió a un sabio en busca de ayuda.
- Vengo, maestro, porque me siento tan poca cosa que no tengo fuerzas para hacer nada. Me dicen que no sirvo, que no hago nada bien, que soy torpe y bastante tonto. ¿Cómo puedo mejorar maestro?. ¿Qué puedo hacer para que me valoren más?
El maestro, sin mirarlo, le dijo:
- ¡Cuánto lo siento muchacho, no puedo ayudarte, debo resolver primero mis propios problemas. Quizás después... Si quisieras ayudarme tú a mí, yo podría resolver este tema con más rapidez y después tal vez te pueda ayudar.
- E... encantado, maestro -titubeó el joven pero sintió que otra vez era desvalorizado y sus necesidades postergadas-.
- Bien -asintió el maestro-. Se quitó un anillo que llevaba en el dedo pequeño de la mano izquierda y dándoselo al muchacho agregó: Toma el caballo que está allí afuera y cabalga hasta el mercado. Debo vender este anillo para pagar una deuda. Es necesario que obtengas por él la mayor suma posible, pero no aceptes menos de una moneda de oro. Vete y regresa con esa moneda lo más rápido que puedas.
El joven tomó el anillo y partió. Apenas llegó, empezó a ofrecer el anillo a los mercaderes. Estos lo miraban con algún interés hasta que el joven decía lo que pretendía por el anillo. Cuando el joven mencionaba la moneda de oro, algunos reían, otros le daban vuelta la cara y sólo un viejito fue tan amable como para tomarse la molestia de explicarle que una moneda de oro era muy valiosa para entregarla a cambio de un anillo.
En afán de ayudar, alguien le ofreció una moneda de plata y un cacharro de cobre, pero el joven tenía instrucciones de no aceptar menos de una moneda de oro, así que rechazó la oferta.
Después de ofrecer su joya a toda persona que se cruzaba en el mercado -más de cien personas- y abatido por su fracaso, montó su caballo y regresó.
¡Cuánto hubiese deseado el joven tener él mismo esa moneda de oro! Podría habérsela entregado al maestro para liberarlo de su preocupación y recibir entonces su consejo y su ayuda.
- Maestro -dijo- lo siento, no es posible conseguir lo que me pediste. Quizás pudiera conseguir 2 ó 3 monedas de plata, pero no creo que yo pueda engañar a nadie respecto del verdadero valor del anillo.
- ¡Qué importante lo que dijiste, joven amigo! -contestó sonriente el maestro-. Debemos saber primero el verdadero valor del anillo. Vuelve a montar y vete al joyero. ¿Quién mejor que él para saberlo?. Dile que quisieras vender el anillo y pregúntale cuánto da por él. Pero no importa lo que ofrezca, no se lo vendas. Vuelve aquí con mi anillo.
El joven volvió a cabalgar. El joyero examinó el anillo a la luz del candil, lo miró con su lupa, lo pesó y luego le dijo:
- Dile al maestro, muchacho, que si lo quiere vender ya, no puedo darle más que 58 monedas de oro por su anillo.
- ¿¿¿¿58 monedas???? -exclamó el joven-.
- Sí, -replicó el joyero-. Yo sé que con tiempo podríamos obtener por él cerca de 70 monedas, pero no sé... Si la venta es urgente...
El joven corrió emocionado a casa del maestro a contarle lo sucedido.
- Siéntate -dijo el maestro después de escucharlo-. Tú eres como este anillo: una joya única y valiosa. Y como tal, sólo puede evaluarte verdaderamente un experto. ¿Qué haces por la vida pretendiendo que cualquiera descubra tu verdadero valor?
Y diciendo esto, volvió a ponerse el anillo en el dedo pequeño de su mano izquierda.