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viernes, 4 de noviembre de 2011

LA MUERTE Y EL AJEDREZ (Una reflexión para este domingo)

LA MUERTE Y EL AJEDREZ
(Una reflexión para este domingo)

La familia de Daniel  dormía, mientras él reflexionaba sobre muchas cosas, tantas, que perdió la noción del tiempo.

Eran las tres de la mañana, llevó su taza vacía al lavaplatos, y abrió la nevera para prepararse algo de comer.

Cuando cerró la puerta, vio junto a él a una figura muy conocida, pero nada apreciada
…¡¡era la muerte!!

La espectral imagen le arrebató el sueño en un instante, lo miró fijamente y le dijo con voz tenue…
     -¿Sabes a qué he venido?

El asintió con la cabeza y dijo:
     -Sí, lo sé, ya es mi hora..

Confundida, la muerte preguntó a su víctima:
     -¿No vas a llorar? ¡Todos lo hacen! se arrodillan, suplican, juran que serán mejores, ruegan por otra oportunidad; mientras que tú, aceptas mi llegada con resignación.
Temeroso aun y con un nudo en la garganta, Daniel respondió:
     - ¿De qué serviría? Nunca me darás otra oportunidad, tú solo haces tu trabajo.

     -Tienes razón, yo solo hago mi trabajo.
-¿Puedo despedirme de mi familia? preguntó Daniel con la ligera esperanza de recibir un sí.
     -Tú has dicho que solo hago mi trabajo, yo no decido la hora ni el lugar, mucho menos los detalles. Lo siento…Poca gente piensa en su familia mientras está en vida pero al llegar este momento, todos piden lo mismo.

     -No lo entiendes, dijo Daniel con tono de reproche, yo perdí a mi padre cuando tenía 15 años, y mi sufrimiento fue grande… pero mi hija menor tiene tan solo 4, déjame decirle que la amo.
    -Tuviste 4 años para decírselo, tuviste muchos días libres, muchos cumpleaños, fiestas, y otros momentos en que pudiste decirle a tu hija que la amas … pero ¿Por qué solo has pensado en tu hija?
     - Mi hijo mayor no me creería, y mi esposa, bueno … a ella no creo que le interese si la amo o no. Nos hemos distanciado mucho. Pero mi niña,… no hay día que entre por la puerta y no esté ahí para recibirme con un beso.
     -Deja de hablar, respondió la Muerte.  Se hace tarde.  Pero … está bien ¿sabes? este momento hace que mucha gente tome conciencia de cómo ha vivido. Lástima que lo hagan demasiado tarde.

     Ambos salieron de la casa, un extraño tren aguardaba en la calle y lo abordaron. Entonces la Muerte le hace una propuesta a Daniel:
     - No creas que todo  es aburrido en el estado de muerte. No puedo decirte lo que pasará al llegar, pero te propongo que juguemos una partida de Ajedrez “para matar el tiempo”.
     Con sonrisa, y una lágrima Daniel le dijo: ¡que curioso! creí que no tenías sentido del humor…
     El juego se inició. Daniel no se calmaba aunque comenzó ganando, consiguió un alfil y un caballo. Pero era obvio que eso no lo alegraba.

    La Muerte le preguntó
-¿A qué te dedicabas en vida?
     -Soy … es decir, era, un simple empleado en una fábrica de calzado.
- ¿Obrero? 
    
-No, trabajaba en la administración.
     -Ah … Supongo que te encargabas de ver si faltaba algún producto o dinero.
     -Sí, en parte así era.
     -Hay algo que no entiendo …

     -¿Qué es lo que no entiendes?

     -¿Por qué ustedes teniendo tantas cosas buenas por hacer, se encierran en el trabajo, se olvidan de los sentimientos, no les importan los demás, se vuelven egoístas y violentos, pero cuando los visito yo, demuestran ternura, humildad, tristeza, miedo, e incluso lloran? ¿Por qué esperan a que llegue yo, si ya nada podrán hacer?

     -
No lo sé respondió Daniel…

     -En cambio, yo soy un simple “peón”, haciendo lo que debo hacer y nada más. Mientras ustedes son dueños de su propia vida, capaces de decidir qué harán con ella ¿y para qué? Su decisión más común es desperdiciarla viviendo sin manifestar cariño y amor…

   
 -Te creí más cruel, comentó Daniel.

     -¡Nada es lo que parece!
     El silencio reinó por unos instantes mientras Daniel ponía en jaque a la muerte.
    
-Dime … ¿qué pensabas cuando te casaste?
     -Pensaba en ser feliz, en formar una linda familia, en formar parte de la alta sociedad.
     -¿Y lo lograste?
     -Es una broma ¿verdad? Me encontraste solo en la cocina, durante la madrugada, y te pedí despedirme de mi hija. Es obvio que no lo hice. Si hubiese mostrado más amor a mi familia, la solicitud de despedirme no hubiera sido necesaria.

Ya las lágrimas se habían secado del rostro de Daniel y de pronto exclamó suavemente
     -¡Jaque Mate!

La muerte sonrió y dijo:
     - ¡Felicidades!

Daniel suspiró y respondió:
     -Es una pena que no sirva de nada. No me importaba ganar, de todos modos ya estoy aquí … Un simple juego de ajedrez no aleja mi mente de mi familia, mis hijos, mi esposa...
   Las lágrimas brotaron de nuevo en el rostro de Daniel y se lo cubrió con ambas manos. Mientras él sollozaba, la Muerte exclamó: 
     -¡ Ya llegamos!
     Daniel intentó calmarse, pero al abrir los ojos estaba de nuevo en su viejo sillón.
     Eran las 6:45 de la mañana, y en lugar de gritar ¡ESTOY VIVO! Como lo haría cualquier otro, salió al patio y dijo con voz tenue:
-       GRACIAS, DIOS MÍO …

Luego, entró a la habitación de su hija y la besó, a la de su esposa e hizo lo mismo.

Entró al cuarto donde dormía su hijo mayor, le hizo cosquillas en los pies, y le dijo:
     - Hijo, despierta ¡es domingo!
     .-¿papá, me despiertas para decirme que es domingo?      -No hijito, no he dormido, les he despertado para decirles que los quiero !!

 - Vale, papá, ven, échate un rato a mi lado.

Y luego de años, ambos se durmieron  abrazados …

No juguemos ese ajedrez, no esperemos a que sea demasiado tarde para dar amor, para decir lo que sentimos y sobre todo para dar nuestra vida a Dios.

NO ESPERES A QUE SEA DEMASIADO TARDE

jueves, 11 de febrero de 2010

CARTA AL VIENTO: La visita de Dios


          Hay experiencias en la vida que dejan una marca imborrable. Hoy, al recordar el Día del Enfermo vienen a mi mente dos épocas de mi vida en las que viví de cerca el dolor, las esperanzas y las desesperanzas de muchos enfermos. La primera experiencia la viví  durante un año que fui capellán de un Hospital de  epilépticos en Madrid. Allí me pasaba todo el día viendo cómo aquellos muchachos, siempre con el casco puesto por sus frecuentes ataques, agradecían los gestos más simples: un diálogo improvisado,  una sonrisa o la visita de los voluntarios que se acercaban semanalmente por el Hospital. La misa de los domingos era un espectáculo en todos los sentidos. Entre aplausos, canciones y caídas bruscas a consecuencia de la epilepsia, se leía y comentaba y se interrumpía la palabra de Dios. Los jóvenes voluntarios traían sus guitarras y su alegría y su ilusión a aquellos hombres y mujeres que llamábamos niños porque tenían toda la frescura e inocencia  que sólo se encuentra  en la infancia… y en ellos.  Los Hermanos de San Juan de Dios, que  eran los responsables del centro,  tenían una paciencia y  una bondad  que  ayudaba a curar y a vivir con esperanza la enfermedad. Aprendí mucho de los niños, de los voluntarios y de los Hermanos. Aprendí que sólo en un ambiente de familia como el que allí se respiraba, era posible soportar la enfermedad.
      Mi otra experiencia vino muy seguida. El obispo me encargó ser cura de Antigua y Betancuria y capellán del Hospital de Fuerteventura. Era algo diferente. Se sufría más por ver  la soledad de algunos enfermos que por la misma enfermedad por muy dolorosa que fuera. Allí, como en cualquier hospital, podías ver a enfermos llenos de cariño, de mimos y de compañía.  Y enfermos a lo que nadie visitaba, que los días se les hacían de 48 horas, que sólo sonreían cuando alguna enfermera  o la chica de la limpieza les decía palabras de afecto y simpatía.
        Eso mismo va descubriendo uno en las visitas a los enfermos de la parroquia. La mayoría viven llenos de cuidados, de familiares que les hablan, que les escuchan, que les animan. Pero hay otros que  no. Un día Luisa se me puso a llorar desconsoladamente.   
      -¿Qué le pasa, Luisa?
  -Nada que me acuerdo de mis hijos. Son ocho. Ocho hijos tengo. Y ni uno sólo viene a visitarme. Esa es mi enfermedad. Yo me curaría si los viera, si ellos me demostraran que de verdad me quieren. Pero es que poquito a poco la amargura me va saliendo por todo el cuerpo. Los médicos ponen nombres raros a mi enfermedad, pero lo único que tengo es la falta de cariño de mis hijos.
   Yo, intentando desviar la conversación, le dije muy convencido:
    -Pero Luisa, el cariño de Dios seguro que no va a faltarle nunca.
   Y entonces fue cuando ella, ya sin lágrimas, empezó a decir que el regalo más grande, el momento más dulce de cada mes es cuando recibe la visita de personas de la parroquia que rezan con ella, que le llevan la comunión, que hablan y se ríen juntas. Y afirmó emocionada: El único que me visita es Dios.  
     Por eso hoy  he rezado por Luisa y, con el grupo de Pastoral de la salud, hemos ido orando mientras decíamos los  nombres de esas personas a las que visitamos y que les vamos tomando cariño: Santiaguito, María, Andresito, Matías, Josefita…
     Y qué alegría que esa visita que hacen los voluntarios sea la visita más querida, sea la señal de que Dios les quiere y les acompaña. Es la mejor medicina, sin duda ninguna. Ojalá no le falte a nadie. Gracias, amigos enfermos, porque también ustedes nos animan y nos ayudan a descubrir la cercanía y el amor de Dios. Sabemos que cuando les visitamos, a Dios mismo visitamos. Porque tanto para ustedes como para nosotros es, de verdad, la visita de Dios.