lunes, 20 de abril de 2009

ANGELITOS AL CIELO: Un cura bromista y servicial

No sé si fue buena o mala suerte, pero me tocó estar en el funeral de un cura amigo. Se llamaba Ángel, muchos le llamábamos Angelito o D. Ángel. Todo valía porque era un ser excepcional. Angelito fue uno de esos curas que dejan detrás una leyenda, miles de anécdotas, millones de buenas obras y un recuerdo inolvidable. Por donde quiera que pasó fue un vendaval: Tejeda, Agüimes, Cruce de Arinaga, Hoya de la Plata…recuerdan el carácter, la simpatía, el trabajo, la originalidad de un cura que hace unos meses, a punto de cumplir 89 años, nos dijo adiós. Las enormes torres casi gemelas de la iglesia de Cruce de Arinaga son un testimonio del tesón de este hombre que, cuando se proponía algo, siempre lo conseguía. Confiaba en los amigos. Les daba y les pedía. Cazador, bromista, espontáneo, libre, espléndido y hasta “curandero”. Se recuerda con simpatía cuando, dando una de sus bromas a veces algo pesadas, apuntó con la escopeta de caza a un amigo tartamudo. D. Ángel pensaba que la escopeta estaba descargada, pero no. El cartucho explotó en el rostro y garganta de aquel hombre gago que, a partir de entonces, qué sorpresa, empezó a hablar correctamente.
Angelito, el Cura del Cruce, vivió aquellos años de la posguerra realizando multitud de pequeños servicios a la gente sencilla de los barrios por los que pasaba. Cuando alguien necesitaba un trabajo, una casa, un solar, un permiso para salir del cuartel o material para una obra, sabía que, si acudía a D. Ángel, lo más probable es que lo conseguía. Su mejor predicación era hacer el bien, ayudar. Angelito era el cura al que se le veía siempre con la gente del pueblo: en la calle, en el bar, trasladando a la gente que no tenía coche, ayudando. Tuvo un carácter fuerte, fiel siempre a sus principios y así vivió hasta el final de sus días, a pesar de que la enfermedad le fue arrebatando, poco a poco, la posibilidad de caminar e incluso la de ver. Pero Angelito contó siempre con amigos leales como el vecino Antonio Monzón en quien depositó toda su confianza.
Tuve la suerte de estar muy cerca de D. Ángel estos últimos meses. Estaba rodeado de respeto, afecto y simpatía por parte de la familia cubana que le atendía, siempre apoyada por Antonio y los vecinos más cercanos, como la familia de Pepito el Kíkere. En estos meses tuve muchos momentos de diálogo y de oración con él. Se sentía ya débil y cansado y estaba deseando que llegara el momento de encontrarse con Dios. Ocurrió en la mañana del día 2 de febrero, fiesta de la Virgen de Candelaria. Con sus casi noventa años, Angelito seguía interesado en la vida política y eclesial. El día de su entierro, la iglesia del Cruce de Arinaga que había sido construida en sus años de párroco en ella, acogió a sus mejores amigos y un número importante de compañeros sacerdotes. El obispo Francisco Cases que lo visitaba con frecuencia, presidió la eucaristía. Fue una celebración religiosa, llena de cariño y emoción en donde se le pudo expresar el afecto y simpatía que fue dejando a su paso. La vida de D. Ángel, a pesar de sus muchos años, parece el vuelo fugaz del ángel del bien. Pasó sembrando humor, evangelio, trabajo, alegría, libertad… Angelitos al cielo.

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