viernes, 13 de marzo de 2009

CARTAS AL VIENTO: TAMBIÉN YO SOY INMIGRANTE




No lo había pensado hasta ayer por la mañana. Una chiquita, Marta, de 13 años, hija de padres colombianos, después de haberme presentado en mi nueva parroquia y decir que venía de otra, de Tamaraceite, me dice:
-O sea,¿que usted también es inmigrante?
-Pues sí, Marta, también yo soy inmigrante en nuestras propias islas, como tantos otros compañeros curas o maestros u otros trabajadores que también con frecuencia tienen que coger sus bártulos y cambiar de casa, de rutinas, del ambiente en el que te has estado moviendo. Es verdad que no hay comparación entre venirse a Arinaga, por ejemplo, desde Colombia o desde Mauritania que trasladarse desde Lanzarote o Tamaraceite. Es muy distinto , pero da idea. Cuando leo el Éxodo y escucho a Dios diciendo a Abrahán: Sal de tu tierra, deja a tu familia, a tus parientes… y ve a la Tierra que yo te daré… pienso en lo duro que tuvo que ser para el pueblo de Israel y lo duro que tiene que ser para los que, sin ver demasiado o nada el futuro, escuchan la llamada de la urgente necesidad de cargar con lo poquito que tienen y empezar en otro lugar la aventura de la vida.
A nosotros, los que emigramos a otras parroquias, a otros colegios, a otras islas, nos cuesta cambiar y sin embargo sabemos la cantidad de valores que se descubren en ese peregrinaje. Dejar un pueblo en donde has estado viviendo muchos años es arrancar el árbol, trasplantarlo en otro lugar, consciente de que, a lo mejor, el cambio de clima puede afectar negativamente. Pero también es cierto que puede ayudar y mucho al crecimiento personal: Se aprenden cosas nuevas, se viven y comparten otras experiencias y se evita el desgaste de la monotonía o la rutina.
La semana pasada ocurría ese episodio que a muchísimos nos dejó conmovidos. Un compañero cura, Chano Velázquez, inició su andadura en su nueva parroquia del Palmar de Teror y al día siguiente, fruto tal vez de las emociones, de la euforia de empezar y la nostalgia de marchar, su corazón no aguantó y emigró más lejos, a la casa de Dios Padre. A Él recordamos desde aquí pero él, sin duda, nos recordará desde su nuevo país en donde ya no es emigrante porque retornó a su patria.
Siempre he defendido lo bueno que es cambiar de lugar, encontrar nuevos amigos, descubrir otras costumbres, sorprenderte con nuevos paisajes, nuevas historias. Para defender esto me he apoyado en el evangelio y en unos versos del poeta León Felipe que un día me marcaron. Me gusta leerlos cuando despido a un amigo que tiene que marchar o cuando es a mí a quien le toca emigrar:
Ser en la vida romero, romero sólo que cruza siempre por caminos nuevos. Ser en la vida romero, sin más oficio, sin otro nombre y sin pueblo. Ser en la vida romero, romero..., sólo romero. Que no hagan callo las cosas ni en el alma ni en el cuerpo, pasar por todo una vez, una vez sólo y ligero, ligero, siempre ligero.
Que no se acostumbre el pie a pisar el mismo suelo, (…)para que nunca recemos como el sacristán los rezos, ni como el cómico viejo digamos los versos. Que no hagan callo las cosas ni en el alma ni en el cuerpo. Pasar por todo una vez, una vez sólo y ligero, ligero, siempre ligero.
Sensibles a todo viento y bajo todos los cielos, poetas, nunca cantemos la vida de un mismo pueblo ni la flor de un solo huerto. Que sean todos los pueblos y todos los huertos nuestros.
Me parece buena filosofía. Cuesta arrancar de un lugar, cuestan los trasplantes, pero vale la pena. Y aunque uno no emigre y siga viviendo en el mismo lugar, también puede solidarizarse con los que sí tienen que dejar tierra, familia, escuela, parroquia, amigos, y acercarse a otros mundos, a otras comunidades. Es lo grande de ser cristiano. Somos hermanos de todas las personas y tenemos toda una vida para seguir conociendo a nuestra familia de bautizados.
No dejemos que hagan callo las cosas, ni las amistades ni las experiencias.
No seamos personas rutinarias.
Que este curso que empieza, esta familia, estos amigos, esta Iglesia, esta comunidad, la de cada uno, no sean una repetición de lo del año pasado.
Seamos sensibles a todo viento, que sintamos que todos los pueblos y todos los huertos son nuestros… y los nuestros de los demás.
Gracias, Marta, muchachita colombiana, por hacerme descubrir que yo también soy inmigrante. Que todos los cristianos también lo somos.

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